Dicen que Virginia Clemm —su prima de trece años con la que contrajo matrimonio y vivió enamorado hasta su muerte— era la única que mantenía a Poe conectado con el mundo real. De todos es sabido que “Annabel Lee” arrastra la sombra alargada de aquella niña que también a él lo hizo niño. Es curioso como la obra de Edgar Allan Poe ha influenciado en la música de muchos grupos de rock duro o heavy, de cuyos abundantes ejemplos no daremos hoy ninguna cuenta. Me quedo, nos quedamos, con el tema de Radio Futura, que lleva el mismo nombre que el poema, cuyo sentido siempre me ha conmovido. Mírenle bien a los ojos, no me digan que no son los de un niño… (Por cierto, como un pequeño regalo a nuestro amigo Ignacio Cisneros, publicamos también el poema original en inglés).
Fue hace muchos, muchos años, en un reino junto al mar, donde vivía una doncella que tal vez conozcáis por el nombre de Annabel Lee; y esta doncella vivía sin otro pensamiento que amarme y ser amada por mí.
Era una niña y yo era un niño, en aquel el reino junto al mar, pero amábamos con una amor, que era más que amor, yo y mi Annabel Lee; con un amor que los alados serafines del cielo nos envidiaban a ella y a mí.
Y esta fue la razón de que, hace tiempo, en aquel reino junto al mar, surgiese un viento de una nube, helando a mi hermosa Annabel Lee; así que acudieron sus parientes de alta cuna y la alejaron de mí para encerrarla en un sepulcro en aquel reino junto al mar
Los ángeles, ni la mitad dichosos en el cielo, nos envidiaban a ella y a mí; ¡Sí! Esa fue la razón (como todos saben, en aquel reino junto al mar) De que surgiese el viento de una nube, una noche, helando y matando a mi Annabel Lee
Pero era nuestro amor mucho más fuerte que el amor de los que eran mayores que nosotros, de muchos más sabios que nosotros, y ni los ángeles del cielo allá arriba ni abajo los demonios, bajo el mar, podrán jamás separa mi alma del alma de la hermosa Annabel Lee
Pues la luna nunca luce sin traerme sueños de la hermosa Annabel Lee; y así, durante toda la noche yazgo tendido al lado de mi amada, mi amada, mi vida y mi desposada, en aquel sepulcro junto al mar, en su tumba junto al sonoro mar.
It was many and many a year ago, In a kingdom by the sea, That a maiden there lived whom you may know By the name of ANNABEL LEE; And this maiden she lived with no other thought Than to love and be loved by me.
She was a child and I was a child, In this kingdom by the sea; But we loved with a love that was more than love- I and my beautiful Annabel Lee; With a love that the winged seraphs of heaven Coveted her and me.
And this was the reason that, long ago, In this kingdom by the sea, A wind blew out of a cloud by night, Chilling my Annabel Lee; So that her high-born kinsmen came And bore her away from me, To shut her up in a sepulchre In this kingdom by the sea.
The angels, not half so happy in heaven, Went envying her and me- Yes!- that was the reason (as all men know, In this kingdom by the sea) That the wind came out of the cloud, Chilling and killing my Annabel Lee.
But our love it was stronger by far than the love Of those who were older than we- Of many far wiser than we- And neither the angels in heaven above, Nor the demons down under the sea, Can ever dissever my soul from the soul Of the beautiful Annabel Lee.
For the moon never beams without bringing me dreams Of the beautiful Annabel Lee; And the stars never rise but I see the bright eyes Of the beautiful Annabel Lee; And so, all the night-tide, I lie down by the side Of my darling- my darling- my life and my bride, In the sepulchre there by the sea, In her tomb by the side of the sounding sea.
Tema de Radio Futura inspirado en el poema Annabel Lee de Edgar Allan Poe
De lunes a viernes las mañanas siempre saben a lo mismo. A paladar reseco por el madrugón. A pereza pegajosa. A vagas ganas de largarlo todo a la mierda. En cuanto suena el despertador subo las escaleras; no sé bien si para encender la cafetera o preparar mi maletín y la mochila de mi hijo que duermen cerca de la puerta de la calle y así no quedar olvidadas entre tanta carrera. Están en la misma esquina que hace tiempo ocupó un carrito de bebé y una carpeta de planos de arquitecto. Después bajo a mi habitación y luego vuelvo a subir. A veces lo hago para que no se me queme el pan en la plancha, o para remover el azúcar del café. Bajo para ducharme y subo para buscar los calcetines que me dejé cuando subí para sacar el pan. Y sigo con esa nausea en la garganta. Lo que no se me ocurre es levantar las persianas, o descorrer las cortinas como solía hacer en otra época o ahora los sábados. Para qué, si está oscuro todavía y no hay un rayo de luz que rescatar entre las sombras que deambulan afuera y adentro como gatos callejeros. Además apremian las prisas. Cada tanto miro el reloj tomándole el pulso a la hora límite. Sé que si me la salto el retraso se irá haciendo grande como los ovillos de lana que mi abuela construía pacientemente. Esos días en los que el llegar tarde se apodera de mí, podría salir a la calle con mi hijo de la mano, y encontrar en la puerta una manada de rinocerontes o al hombre más hermoso del planeta y no los vería nunca. Arrastraría al niño boquiabierto, abriéndome paso entre la belleza y la bestialidad hasta alcanzar mi coche. Porque esos días, lo único que sucede en mi vida es que no voy a llegar a tiempo. Una vez se pasó toda la noche nevando. Cuando salimos del portal nos hundimos hasta los tobillos en la nieve, pero yo no lo noté hasta que las ruedas del carrito se negaron a caminar. Habían acumulado dos palmos de nieve, y mi hijo se reía como un niño. Pero yo sólo fui capaz de mirar el reloj. Hoy no iba del todo mal con la horalímite. He terminado de preparar las cosas diez minutos antes, y nos disponíamos a salir camino del colegio. Todavía no sé cómo he ahorrado seiscientos preciados segundos en esta mañana fría y húmeda de lunes. Quizás por eso, porque todo iba viento en popa, no le he reñido al niño y me he mirado en el espejo de la entrada. Al salir, algo en la calle ha llamado mi atención. Los pájaros no cantaban, no se escuchaban a lo lejos el carraspeo de los coches ni el rumor de los aviones. Tal vez haya sido ese extraño silencio lo que me ha empujado a mirar al cielo. Estaba rojo. Por la lluvia, he supuesto, pero al advertir su movimiento, he entendido que algo vivo flotaba en el ambiente. Desde el fondo del horizonte los pájaros rosados se iban acercando; eran flamencos. Flamencos inflamando el cielo de un pueblo madrileño, acostumbrado a las golondrinas o alguna que otra pareja de cigüeñas. Al principio eran sólo una mancha, una ondulación roja del cielo. A medida que crecían en tamaño, en proximidad, la bandada definía su vuelo en un zigzag casi militar, entonces he presentido que me traían algo. Sus cuellos largos, sus patas finas acostadas sobre el viento, el perfil negro de los picos corvos, el rímel en el plumaje de sus alas inquietas: algo debían de traer. Esta mañana una bandada de flamencos rosados ha sobrevolado mi casa y me ha sobrevolado a mí, mientras yo dejaba pasar el tiempo, quieta, mirándolos. Con la cabeza alzada, incrédula. Queriendo creer, sí. Pero sin fuerzas, con desgano. Y no han dejado de pasar ni un sólo minuto, durante Dios sabe cuánto tiempo. Gritaban (entre su jolgorio, escuchaba a mi hijo protestar que llegaba tarde al colegio), felices llevaban un rumbo fijo y me lo querían demostrar. “Con el ritmo acordado de una orquesta” me susurra el poeta. Y he sabido que ellos, firmes, seguros, embarcados hacia el oriente, lejos de traerme nada, se llevaban mis últimas esperanzas.
Dejemos que sea la guitarra quien hable por nosotros.
Delgada ---------línea pura de corazón sonoro, eres la claridad cortada al vuelo: cantando sobrevives: todo se irá menos tu forma.
No sé si el llanto ronco que de ti se desploma, tus toques de tambor, tu ----------------------------enjambre de alas, será de ti lo mío, o si eres en silencio más decididamente arrobadora, sistema de paloma o de cadera, molde que de su espuma resucita y aparece, turgente, reclinada y resurrecta rosa.
Debajo de una higuera, cerca del ronco y raudo Bío Bío, guitarra, saliste de tu nido como un ave y a unas manos morenas entregaste las citas enterradas, los sollozos oscuros, la cadena sin fin de los adioses. De ti salía el canto, el matrimonio que el hombre consumó con su guitarra, los olvidados besos, la inolvidable ingrata, y así se transformó ---------------------la noche entera en estrellada caja de guitarra, temblando el firmamento con su copa sonora y el río sus infinitas cuerdas afinaba arrastrando hacia el mar una marea pura de aromas y lamentos.
Oh soledad sabrosa con noche venidera, soledad como el pan terrestre, soledad con un río de guitarras! El mundo se recoge en una sola gota de miel, en una estrella, todo es azul entre las hojas, toda la altura temblorosa ----------------------------canta.
Y la mujer que toca la tierra y la guitarra lleva en su voz el duelo y la alegría de la profunda hora. El tiempo y la distancia caen a la guitarra: somos un sueño, un canto entrecortado: el corazón campestre se va por los caminos a caballo: sueña y sueña la noche y su silencio, canta y canta la tierra y su guitarra.
Poema de Pablo Neruda Música: Vicente amigo. Voces: Montse Cortés y Vicente Amigo.
A modo de conjuro: Que el azar me lleve hasta tu orilla, ola o viento, que tome tu rumbo, que hasta ti llegue y te venza mi ternura. Darío Jaramillo Agudelo
Tengo la casa llena de ausencias. Te fuiste un domingo y las dejaste todas esparcidas al salir por la puerta. Yo te seguí. Detrás de ti iba sumisa, despierta pero dormida, soñando que era un sueño, que no te ibas. Borracha de ti, de dos días de ti, siguiendo la estela de tus besos. Te hubiera seguido hasta el último confín del mundo. Lo sabías ¿verdad? Pero nada se movió de su lugar, sólo tú y ese maldito avión sobrevolando el pueblo. Como los mirlos de las mañanas, que me acompañan cuando voy camino del trabajo y se posan ordenaditos en el cartel grande de la carretera. Y los miro todos iguales, negros como el oeste y me traen una certeza: la de mi vida. Mi vida sin ti. De lunes a domingo sin ti. Del uno al veintiocho sin ti. Luego volví a casa y me las encontré a todas, a todas tus ausencias esperándome. Casi pidiéndome explicaciones. ¿Por qué no te las llevaste? Ahora no sé bien qué hacer con ellas. Se pelean para llamar mi atención. ¡Qué tontas! Como si no las viera una por una, desfilando ante mi nostalgia, asistiendo a mi tristeza. Lo que pasa es que no sé qué hacer con ellas. Y me vienen a la mente los versos del poeta: las podría ordenar por colores, por tamaños…No encuentro tus pies desnudos debajo de la mesa cuando me siento a comer. No estás en mi ir y venir del salón a la cocina. Mis caderas no se tropiezan con tus manos en el pasillo ni en las escaleras. No está tu sonrisa en el espejo cuando me ducho, detrás de las gotas de agua de la mampara. No me dejo amar con los ojos cerrados, para luego abrirlos y encontrarme con los tuyos, diciéndome que me amas hasta nuestro palo de mango. No te escucho abajo cuando estoy arriba. No está tu voz en las esquinas. El velador está vacío de libros, tuyos, o míos, o tuyos para mí, o míos para ti. En el suelo no hay más que suelo. Nada de ropa enredada, confundida, que no encuentro. Me falta tu olor en las sábanas, no está tu pecho en mi cara. Tengo, amor, la casa llena de ausencias. Tal vez lo prefiera así. Sí, mejor que las dejases. Quizás las consiga ordenar, acostumbrarme a ellas. Tal vez acabe por necesitarlas. Me arrepiento de haberlas llamado tontas. Es posible que me hagan sentir menos sola, que me acompañen. Puedo cuidarlas con la devoción con que te cuidaría a ti. Al fin y al cabo son tuyas, y es lo único tuyo que tengo.