jueves, 11 de marzo de 2010

Vuelos de mariposa...

Oda a la guitarra

Dejemos que sea la guitarra quien hable por nosotros.

Delgada
---------línea pura
de corazón sonoro,
eres la claridad cortada al vuelo:
cantando sobrevives:
todo se irá menos tu forma.

No sé si el llanto ronco
que de ti se desploma,
tus toques de tambor, tu
----------------------------enjambre de alas,
será de ti lo mío,
o si eres
en silencio
más decididamente arrobadora,
sistema de paloma
o de cadera,
molde que de su espuma
resucita
y aparece, turgente, reclinada
y resurrecta rosa.

Debajo de una higuera,
cerca del ronco y raudo Bío Bío,
guitarra,
saliste de tu nido como un ave
y a unas manos
morenas
entregaste
las citas enterradas,
los sollozos oscuros,
la cadena sin fin de los adioses.
De ti salía el canto,
el matrimonio
que el hombre
consumó con su guitarra,
los olvidados besos,
la inolvidable ingrata,
y así se transformó
---------------------la noche entera
en estrellada caja
de guitarra,
temblando el firmamento
con su copa sonora
y el río
sus infinitas cuerdas
afinaba
arrastrando hacia el mar
una marea pura
de aromas y lamentos.

Oh soledad sabrosa
con noche venidera,
soledad como el pan terrestre,
soledad con un río de guitarras!
El mundo se recoge
en una sola gota
de miel, en una estrella,
todo es azul entre las hojas,
toda la altura temblorosa
----------------------------canta.

Y la mujer que toca
la tierra y la guitarra
lleva en su voz
el duelo
y la alegría
de la profunda hora.
El tiempo y la distancia
caen a la guitarra:
somos un sueño,
un canto
entrecortado:
el corazón campestre
se va por los caminos a caballo:
sueña y sueña la noche y su silencio,
canta y canta la tierra y su guitarra.

Poema de Pablo Neruda
Música: Vicente amigo. Voces: Montse Cortés y Vicente Amigo.

domingo, 21 de febrero de 2010

Ausencias

A modo de conjuro:
Que el azar me lleve hasta tu orilla,
ola o viento, que tome tu rumbo,
que hasta ti llegue y te venza mi ternura.
Darío Jaramillo Agudelo

Tengo la casa llena de ausencias. Te fuiste un domingo y las dejaste todas esparcidas al salir por la puerta. Yo te seguí. Detrás de ti iba sumisa, despierta pero dormida, soñando que era un sueño, que no te ibas. Borracha de ti, de dos días de ti, siguiendo la estela de tus besos. Te hubiera seguido hasta el último confín del mundo. Lo sabías ¿verdad?
Pero nada se movió de su lugar, sólo tú y ese maldito avión sobrevolando el pueblo. Como los mirlos de las mañanas, que me acompañan cuando voy camino del trabajo y se posan ordenaditos en el cartel grande de la carretera. Y los miro todos iguales, negros como el oeste y me traen una certeza: la de mi vida. Mi vida sin ti. De lunes a domingo sin ti. Del uno al veintiocho sin ti.
Luego volví a casa y me las encontré a todas, a todas tus ausencias esperándome. Casi pidiéndome explicaciones. ¿Por qué no te las llevaste? Ahora no sé bien qué hacer con ellas. Se pelean para llamar mi atención. ¡Qué tontas! Como si no las viera una por una, desfilando ante mi nostalgia, asistiendo a mi tristeza. Lo que pasa es que no sé qué hacer con ellas. Y me vienen a la mente los versos del poeta: las podría ordenar por colores, por tamaños…No encuentro tus pies desnudos debajo de la mesa cuando me siento a comer. No estás en mi ir y venir del salón a la cocina. Mis caderas no se tropiezan con tus manos en el pasillo ni en las escaleras. No está tu sonrisa en el espejo cuando me ducho, detrás de las gotas de agua de la mampara. No me dejo amar con los ojos cerrados, para luego abrirlos y encontrarme con los tuyos, diciéndome que me amas hasta nuestro palo de mango. No te escucho abajo cuando estoy arriba. No está tu voz en las esquinas. El velador está vacío de libros, tuyos, o míos, o tuyos para mí, o míos para ti. En el suelo no hay más que suelo. Nada de ropa enredada, confundida, que no encuentro. Me falta tu olor en las sábanas, no está tu pecho en mi cara.
Tengo, amor, la casa llena de ausencias. Tal vez lo prefiera así. Sí, mejor que las dejases. Quizás las consiga ordenar, acostumbrarme a ellas. Tal vez acabe por necesitarlas. Me arrepiento de haberlas llamado tontas. Es posible que me hagan sentir menos sola, que me acompañen. Puedo cuidarlas con la devoción con que te cuidaría a ti.
Al fin y al cabo son tuyas, y es lo único tuyo que tengo.

viernes, 12 de febrero de 2010

De otras plumas...

El Negro Fontanarrosa
Aunque gran parte de la obra que dejó Roberto Fontanarrosa está plasmada en dibujos, yo siento que he encontrado entre sus cuentos claras pinceladas de un escritor de talento. Él decía que le importaba poco que se le reconociera más como un humorista gráfico que como un verdadero escritor. A mí me gusta imaginármelo en ese bar “El Cairo”, donde dicen que se sentaba a lo que él mismo titularía de forma literaria “la mesa de los galanes” a escribir y a conversar con los amigos: fuente de muchas historias. Me hace pensar en Cortázar acodado en la esquinita de un bistró de Paris mirando por la ventana y dejando fluir las palabras hasta su pluma prolífica. Y es que eso de sentarse a escribir en el rincón de un café con vidrieras que dan a calles por las que nunca dejan de pasar hombres y mujeres con semblantes y prisas y frío y maletines, siempre ha dado buen fruto. Habrá que dejarse llevar.

Ulpidio Vega
Ulpidio Vega, te nombro. Y de la apagada sombra de tu nombre rescato tu paso tardo por el empedrado desprolijo de Saladillo y la cierta fama de guapo sin doblez que te persiguió sumisa, como la silenciosa y tenaz fidelidad de un perro.
Quien te vio alguna vez por el Bajo, no te olvida. De callada mesura, sombrío el porte, mezquinabas palabras como si fueran monedas caras. Negros los ojos, en la negrura misma que sobre la frente escasa te tiraba encima el ala apenas curva de tu sombrero gris, tan conocido.
Ulpidio Vega, te nombro. Y de tu nombre exhala un aliento a kerosén barato, a bizcochito, a queso de rallar y vino tinto.
Aroma de almacén, de cambalache, que tuvo tu pobre viejo laburante por calle San Martín, casi en Tablada. Aroma a jabón pinche, a mate amargo, el mismo aquél que te alcanzaba la mano cordial de doña Cata, tu pobre vieja, que se cansó de mirar por la ventana.
Ulpidio Vega, te nombro. Y se santiguan las cuatro esquinas bravas de Ayolas y Convención, las que salieron tantas veces escrachadas en letra de molde, cuando algún fiambre aparecía tirado en esa encrucijada.
Rezan de apuro las jovatas de memoria larga al recordar tu estampa de figura fina, el caminar pesado, un gesto de disgusto en la cara aindiada y el cuerpo erguido por la faca que atrás, en la cintura, te entablillaba.
Por trabajar en el Swift te habían llamado "El Matarife de Saladillo".
¡Qué te iba a impresionar a vos la sangre, Ulpidio Vega! Si día a día degollabas animales y la cuchilla te era tan natural como un anillo, como un zarzo sencillo en el meñique.
Pero eran dos los Vegas, Juan y Ulpidio. "El Vega chico" le decían al otro, que también trabajó en el frigorífico.
Y por si fuera escaso el desmesurado coraje de Ulpidio en la pelea, el "Vega Chico" era también de púa veloz, y sin entrañas.
De negro los dos, siempre, aun de mañana.
Pero, como suele suceder en estas cosas, Ulpidio se metió con una mina que se levantó una noche de Carnaval en el Club Atlético Olegario Víctor Andrade. La mina era una reventada que hacía copas en el Panamerican Dancing, frente a Sunchales, y que ya le había borrado el estampadito floreado a las sábanas del Amenábar, de tanto frote. Pero una hembra que pasaba y dejaba el aire como embalsamado de perfume dulzón, y enardecido. Rosa se llamaba, y era justicia.
Ulpidio Vega, te nombro. Y no me equivoco. Como se equivocó esa noche fatal la mina aquella cuando por llamarte "Ulpidio", "Juan" te dijo.
¡Qué oscura mano de destino cabrón los puso frente a frente, Ulpidio Vega!
¡Vos y tu hermano, inseparables siempre, enfrentados por el cariño falaz de una perdida!
Tiempo estuvieron mordiéndose las ganas de agarrarse. De mirarse profundo, y sin palabras. De medirse con odio. Y de no hablarse. Todo el barrio sabía del bolonqui que rechinaba en los dientes de los Vega. Pero cuando más de una vez saltó la bronca, y la faca apareció brillando en ambas diestras, algo los amuraba al suelo y les clavaba la bronca a la vereda. Algo, que allá en la casa desde chicos les acariciara la frente, les planchara los lompa y les dejara los botines bien brillosos cuando se iban de milonga a Central Córdoba. Algo. La vieja.
"Si no te mato", se lo dijo bien clarito Ulpidio a Juan, "sólo es por ella". "Si no te enfrío", le contestaba Juan, que no era lerdo, "es por la vieja".
Y así andaban los dos, encajetados, sin poder ni dormir, más que hechos bolsa. Y encima la reventada de la Rosa les metía la cizaña de su labio, de sus promesas vanas, de sus mañas.
Y no se pudo más. Aquella noche Ulpidio y Juan llegaron puntualmente hasta el campito. Era un potrero de pura tierra y matorrales que los mocosos usaban para jugar al fulbo. Pero esa noche había luna. Y no era un juego.
Ulpidio peló una faca que tenía este largo. ¡Uy Dio, cómo brillaba la plata de la luna sobre el filo helado del acero!
Y Juan, Juan peló también tremenda púa que de verla nomás, te entraba miedo.
"¡Venite!"
"¡Vení vos!", se supo después que se dijeron. Y fue cuando llegó doña Cata hasta el campito, de pálido rostro, ojos sufridos, de manos apretadas y pañuelo negro. Nunca se supo quién le pasó el dato. Tal vez fue esa mágica intuición de madre la que la llevó hasta allí en ese momento.
No se oyó de su boca una palabra. Y tampoco en sus ojos lágrimas se vieron. Pero eso sí, sus manos agrietadas de lavar ropa ajena en el invierno, dibujaron en el aire asustado de la noche, un gesto: se agachó, se sacó una zapatilla y lo demás, frate mío, ni te cuento.
A Juancito lo fajó hasta en el cogote, le deformó la sabiola a chancletazos, y le sacudió tantos palos por el lomo que lo dejó mormoso al pobrecito. Contaban los vecinos que lo oyeron, que tirado en el suelo, Juan rogaba y a la vieja pedía perdón a gritos.
A Ulpidio, de las crenchas lo cazó la vieja aquella, y le arruinó la jeta a chancletazos porque le pegó media hora, de corrido.

sábado, 16 de enero de 2010

Rituales

Lucas mira a través del cristal de la puerta de la calle y ve a su madre alejarse en la Transit blanca con la que su padre reparte pan de madrugada. No mueve un pelo. Tiene el abrigo puesto, la mochila en la espalda, la cabeza despeinada y los ojos pegados a los movimientos de ella. Le han dado carta blanca para quedarse ahí parado unos segundos todos los días. “Hasta que me pierda de vista por completo” le pidió su madre a la cuidadora de la guardería.
—Déjele, total es un minuto. Una manía. Me quiere ver hasta el último instante. Ya sabe, como un ritual.
Después le arriarán para dentro: que se quite el abrigo, que no moleste a los pequeños, que a desayunar y a lavarse las manos y a dejar la silla colocada…hasta que salga la ruta.
Son las siete de la mañana. Pura noche: el cielo está tapado de nubes y sopla un viento bajo y helado. En Madrid las clases empiezan a las nueve y media, pero en el cole de Wafaa hay servicio de desayuno. Ella sube la cuesta arrastrada por la mano de su madre. Se mira los pies y ríe sin hacer ruido porque le patinan hacia fuera con el hielo y sus rodillas chocan entre sí. Su progenitora, al sentir el juego, gruñe y le da un tirón del brazo. Pero el brillo hosco de sus ojos, arropados por la sombra del hijab, le transmite a la niña una seguridad que difícilmente podría explicar con su español parco. Al llegar a la esquina sabe que es el momento. Después, cuando la suelte del otro lado de la verja que rodea el colegio, no habrá besos ni abrazos. La mujer no volverá la cabeza—envuelta hoy en una tela gris que parece el reflejo del cielo— para decirle adiós. Wafaa le aprieta la mano tres veces con fuerza. Como si quisiera bombear agua o hacer morse. Son tres veces consecutivas, aún a riesgo de castigo. Tres veces separadas por tres segundos. A Wafaa le gusta el número tres y adora que en clase alguien le pregunte cuál es su número favorito, porque en general nadie le hace preguntas.
Parece que la noche toca a su fin en Lavapiés. El barrio se despereza como un gato y algunos coches desfilan con lentitud como luciérnagas con el papel aprendido. Una furgoneta sale de un garaje lejano y en la acera de la calle del Amparo, tose el motor de un R-5 trasnochado justo frente del portal número 7. En el segundo piso Orlando revisa su mochila. A esas horas mira sin ver, para que cuando su hermano mayor le pregunte en el quicio de la puerta—a punto de salir camino del colegio—, el niño pueda decir sin mentiras que sí, me fijé y llevo todo. Pero sólo le interesa mirar por la ventana, echar a un lado las cortinas y ver la luna encaramada en lo alto de los edificios que se amontonan alrededor de ese en el que ellos viven. De todos modos, piensa, es la misma luna en todas partes. La misma que mira Valery desde Chiclayo y la misma que busca su madre por las vidrieras de la fábrica. Primero le guiña un ojo—sin controlar del todo el otro que se le queda medio cerrado—, después le dice: “sí, seré juicioso mami”, y por último le lanza un beso que vuela por la rendija de la ventana abierta.
El viento que se ha levantado al compás del sol se lo lleva lejos, viaja alto, por encima de las antenas de las casas. Avanza saltándose los semáforos en rojo y despabilando a las farolas. Juega porque es un beso de niño: se deja caer en picado y hace un luping en el moño de una señora que acaba de salir de un portal. Remonta el vuelo y busca el rastro de su destino a lo largo de la M-30 que discurre hacia el sur todavía limpia de atascos. Orlando le imprime velocidad como en los vuelos de sus sueños hasta alcanzar la torre más alta de la fábrica de cerveza que se despliega, antigua, junto al río.
Más abajo, las alarmas de los relojes, móviles, radios y servicios de habitaciones se ponen de acuerdo para despertar a la ciudad.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Vuelos de mariposa...

La tormenta
La primera vez que escuché esta canción no sonaba en francés. Fue en el Café Libertad, de la mano de mi amigo y cantautor: Osvaldo Ciccioli. El me descubrió (ahora lo sé) mucha música valiosa de la que nunca me he podido desprender. Incluida la suya propia. Entonces —nunca le pregunté— lo único que supe fue que evocaba a Krahe cuando cantaba La tormenta. Y a mí me parecía un tema tan tierno y ocurrente, que siempre que iba a escuchar a Chicho, le pedía que lo cantase. No hace mucho me confesó que aquella de Javier Krahe, solo era una magnífica traducción de L’orage de Georges Brassens. Para mí todo un desconocido. Sin embargo, recientemente rastreamos una nota de prensa escrita en los años 80 por Gabriel García Márquez, en la que hablaba del cantautor francés con motivo de su muerte reciente. En ella contaba, que en el curso de una charla literaria, alguien le había preguntado, quién era para él el mejor poeta actual de Francia. Gabo contestó sin vacilación: Georges Brassens. Para ser sincera no he profundizado demasiado en su obra, pero esa imagen suya cantando La tormenta en su idioma natal, me hace pensarlo tal y como lo describió Gabo, la única vez que lo vio en persona: “…parecía un tramoyista extraviado, con sus enormes bigotes de turco, su pelo alborotado y unos zapatos deplorables. Un oso tierno, con los ojos más tristes que he visto nunca, y un instinto poético que no se detenía ante nada”. Me quedo con ese instinto poético, que sin duda, emana de su voz de una forma irresistible.

Canción: traducción de Javier Krahe; voz de Alberto Pérez
Vídeo: versión original de Georges Brassens