martes, 6 de diciembre de 2011

Septiembre también existe

La carretera es una autovía que sale de la capital como otra cualquiera. Dos carriles a cada lado que serpentean entre polígonos industriales y centros de ocio; altos edificios acristalados de oficinas, aviones que ensombrecen el cielo cuando se cruzan con el sol. Al cabo de un rato, después de que Luis y yo especulemos sobre las alternativas para llegar, bajo el mismo puente que recordaba a la altura de Alcolea del Pinar, aparece la indicación: Teruel. Las letras como si las acabaran de añadir, como puestas con prisa por alguien que las hubiera olvidado en el último momento. Desde ahí el paisaje cambia. Se vuelve uno solo: campo de trigo que amarillea con la luz intensa de la mañana. La ruta es una recta que no parece llevar a ningún lado. No hay horizonte; sólo la vena azulada por la que transita el coche y que corta la paz del llano. Incomprensiblemente guardamos silencio. Luis y yo no hemos parado de hablar desde que le recogí en la estación, sobre los amigos que volveremos a encontrar en la reunión de antiguos alumnos del colegio. Hace veinte años que no nos vemos. A mi lado, mi compañero escucha. Sonríe y no habla. Tal vez imagina otros chicos ahora agostados, esos con los que de niño jugaría junto a un guadual, y le arrebatarían mangos a un árbol bajo la mirada atenta del sol del trópico. Martín, mi hijo, no para de preguntar. Quiere saber por qué nos juntamos, para qué sirve verse después de tanto tiempo. Quiere acordarse de cuando estuvo en Teruel por última vez, pero le cuesta. Han pasado cuatro años de los ocho que tiene. Tras el desvío todos callamos. El motor del coche es un somnífero agradable que nos permite seguir imaginando todo.
Pasado un tiempo que no puedo determinar Martín me llama en un grito: ¡mira mamá, en el cielo! Una sombra alargada avanza sobre nosotros. Me agacho tratando de no perder la atención en la carretera y las veo: un gran número de cigüeñas vuelan en bandada con idéntico rumbo que nosotros. Agitan sus alas a cámara lenta y son tan numerosas que es difícil de creer. Todos las miramos pero ninguno se atreve a nombrarlas. Sus largas patas acostadas en el viento, los cuellos estirados como queriendo mostrar algo: hablan por sí solas. Martín se queda esperando una explicación. Yo le hubiera dicho que esos pájaros, volando así, inesperadamente juntos, acompañándonos en nuestro silencio, deben de traer algo. Pero no sé cómo empezar a hablar. Sobre todo cuando un recuerdo me ha llegado de pronto y siento esa congoja. Casi no lo recordaba, pero es Teruel a dónde vamos, el Teruel de hace veinte años, el Teruel del colegio, de cuando niños. Y quiero nombrarlo, a Cantín, pero casi no lo recuerdo, necesito ensayarlo en voz alta. Entre Luis y yo hemos hecho un recorrido por todos los nombres que hemos sido capaces de recordar: Maripi, Gema, Dani, Patricia, Bernardo, Leo, Gonzalo, Maite, Toya…hemos especulado sobre quién nos encontraremos en las escaleras de atrás del colegio, donde nos hemos citado para hacernos una foto. La misma que año tras año nos hacían al acabar el curso. Luis López, Sergio Monforte, Valenciano…Pero yo no encuentro la forma de nombrarle a él. Que ya no está, como no está Cerdá y Luis sí ha sido capaz de dedicarle unos minutos de su memoria.
Después, como una letanía, van llegando esos pueblos: Maranchón, el de las calles heladas; Molina de Aragón con la muralla que atraviesa el monte desde la lejanía, Monreal del campo: con mis padres solíamos parar a cenar cuando volvíamos los domingos de Madrid en El Botero. En el sótano había una discoteca a la que acudían los jóvenes de los alrededores, incluidos los de Teruel, y sobre los que mi padre solía decir que venían a emborracharse y buscar chicas que luego se llevaban a las habitaciones del Hostal que se erigía sobre el salón comedor donde cenábamos, y los hombres solos en las mesas miraban concentrados la televisión, el resumen de Estudio Estadio. Yo, hasta donde me alcanzaba mi necesidad de niña, me imaginaba el amor como algo mucho más dulce y sosegado que las discotecas y hombres descendidos de camiones.
Ese último tramo hasta Teruel en aquel entonces era muy tedioso. Con mucha circulación y adelantamientos eternos. Ahora la nacional que llegaba desde Zaragoza ha sido transformada en una autovía como otra cualquiera que ha entrado en la provincia de Teruel para traer la civilización y la igualdad con el resto de España.
¿Cuánto falta? Poco, le digo a mi hijo. Y otra vez estamos hablando.
Ahora que vuelvo, después de algún tiempo, siento que la nostalgia va más allá de los meros recuerdos. Es como enfrentar a la niña que fui con la mujer que soy. Las responsabilidades de ahora con las limpias ilusiones de entonces. Las prisas, los atascos, la vida bulliciosa de la ciudad en la que vivo, con las noches vacías de domingo del Teruel aquél, envejeciendo en la fuente Torán y en la Glorieta habitada apenas por las palomas.
Luis habla como si no hubiera pasado el tiempo. Le brillan los ojos cada vez que se acuerda de algo nuevo. El hermano Gregorio. Las convivencias de Segorbe. Una mesa larga simulando la última cena. No somos ni de lejos los mismos. El es funcionario de prisiones en Lanzarote y yo farmacéutica en Madrid. Pero en esas convivencias estábamos todos. Y ¿cuántos años teníamos? ¿Trece? A Cantín ya le había pasado aquella fatalidad, y yo vagamente recuerdo haber intentado escribir sobre aquello. Lo que pasa es que uno nunca sabe bien si ese pantano de los recuerdos que es la niñez abraza también lo nunca sucedido, lo sólo imaginado y tal vez deseado. Lo que pasó y lo que no, parece sólo niebla, como la niebla de Unamuno. Pero prefiero no tratar de aclarar nada. Espero por si Luis se acuerda de él.
En la carretera es la recta final. Llegan más pueblos, muy cerca ya de Teruel: Villarquemado, Cella…y le pregunto a Luis si él estuvo en excursiones como la del Monasterio de Piedra, o la de Ojos Negros esperando una explosión que nunca llegaba en una mina que ya no existe. O la del matadero. Yo me acuerdo de los trenes le digo, de los trenes llenos de carbón y nunca de pasajeros, cuando iba a la Moratilla. De coger moras con Maripi y Gema y Patricia junto al río, que siempre llevaba aguas marrones. Del olor de los plataneros con las ramas muy juntas que daban fresquito en verano. Del sabor de la Mirinda y las bolsas de papas, porque eran papas y no patatas como en Madrid, como las pipas eran La Cumbre y nunca más las volví a ver en la capital. Eso era cuando todavía mis veranos no eran de mar, sólo eran de Teruel.
Ya enfilamos la recta con los cruces del polígono industrial que está a las afueras de la ciudad. El restaurante El Milagro donde se celebraban las comuniones. ¿Y la confirmación? En la confirmación también estábamos todos. La hicimos en San José, en la iglesia nueva. Con Don Pío. Don Pío que venía a cenar un par de veces al año a mi casa y después se quedaba jugando a las cartas con mis padres y llenaba la casa con sus risotadas. Y ahora, que me quedan tan a desmano las iglesias, ahora que mi hijo ni siquiera va a hacer la comunión, hasta eso lo recuerdo con cariño. Después de la confirmación a algunos nos quedaba poco para marcharnos. Para separarnos. Como a Luis, como a Guillermo Larraz, como a Mayka, la sevillana, como a mí. Como a nosotros que nuestros padres no eran de Teruel, pero la casualidad nos había llevado a aquel mismo rincón frío y cálido a la vez.
Mi hijo, mi amor, Luis y yo, todos atentos porque en el horizonte ya se ven algunas torres más altas que anuncian que hemos llegado. En seguida tratamos de explicar Luis y yo las torres mudéjares: su número, su nombre, su historia. Pero no nos podemos de acuerdo. También se ve el seminario, algo de la catedral. Nos desviamos por la primera entrada y dejamos el parador a la izquierda. Martín me pregunta ¿y qué vamos a hacer nosotros mientras vosotros vais a comer mamá? Qué aburrimiento. Pero yo confío en la curiosidad de mi querido amor, que quiere ver ese torico del que yo le he hablado, y que sin saberlo los turolenses, trasciende fronteras; los amantes que yo le he recitado “por vos viví, por vos muero”. Y no paramos en ningún sitio porque vamos con la hora justa. Directos al colegio. Y aunque queremos hablar, Luis y yo otra vez callamos. Subimos por la Cuesta de San Francisco y aparece un Óvalo muy cambiado. Para mí no tanto porque hasta hace pocos años he seguido viniendo, pero Luis no entiende nada. Para poder llegar al viaducto nuevo (que Luis tampoco conoce), tenemos que subir obligatoriamente por la calle Joaquín Arnau, girar bajo la escalinata y llegar al colegio de médicos, donde está la entrada del parking de la Plaza de San Juan. Un parking dice Luis. No sabía. Sí que ha crecido Teruel. Pero no ha crecido. Hemos crecido nosotros, y aún así queremos volver a vernos. Cruzamos el viaducto nuevo y Luis le cuenta a Martín la vieja leyenda de la mujer que se tiró del puente antiguo y la diferencia que hay entre un viaducto y un acueducto. Y la visión de La Salle se hace fuerte desde allí arriba y aminoro el paso y nos volvemos a callar. Las mismas montañas arcillosas rodeando el colegio. Salimos a la avenida de Sagunto y yo me acuerdo de donde vivía Bernardo y se lo digo a Luis, y él me recuerda dónde vivía él, un poco más arriba de la tienda donde comprábamos chuches y flases en verano antes de entrar a clase por la tarde. Casi, casi, frente a la entrada del colegio y yo le digo si no sería vecino él de Maria José Colmenero. La hija del dueño del taller de al lado. Cerca del edificio donde vivían Mayte y Elena. Y al nombrarla me sorprendo yo misma de acordarme de su nombre, como me sorprendo al recordar cualquier otra cosa desde que salí de Madrid. Como si todas y cada una de las cosas que nombro en mi relato hubieran estado dormidas más de 20 años.
Por fin encaramos la cuesta que sube a La Salle. Entonces detengo el coche. Martín protesta. Quiero mirar bien esa cuesta. Esas escaleras. Y sucede. Sucede que todo me parece muy pequeño. Muy cortita la cuesta. Demasiado cortita para lo larga que se le hacía a mi madre cuando la tenía que subir en primera tirando del aire para que no se le calara el Ford fiesta en el que nos llevaba las mañanas heladas de invierno. Me parecen cortitas las escaleras que se me hacían eternas de subir y gloriosas de bajar cuando iba y venía caminando al colegio. Y me da brinquitos el corazón, como cuando uno sabe que algo bueno va a suceder inevitablemente, como esperar un beso con trece años en la umbría de un portal. Subimos. ¡Subamos, subamos! me dicen, me exigen. Sí, va, ya subimos. Y al ir llegando e ir viendo poco a poco aparecer las escaleras, el lugar del encuentro, los vemos a ellos, desordenados, saludándose, riéndose, sorprendidos, confundidos, desconocidos: nuestros amigos. Los niños que fuimos todos nosotros.
Luis y yo nos bajamos corriendo del coche, buscamos en cada cara un nombre, un abrazo, un recuerdo. Mi amor nos observa, cómplice de mi alegría. Martín es el único que se ha quedado en el coche. Con la frente apoyada en el cristal es el único que embobado se queda mirando las cigüeñas que han llegado con nosotros sin saberlo. Vuelan, y con su vuelo dibujan una flecha en el cielo. Ordenaditas, castellanas, aragonesas, quieren decirnos algo, quieren traernos algo.Tal vez un septiembre distinto, que como Teruel, también existe.

jueves, 13 de enero de 2011

Vuelos de mariposa...

Como la cigarra

Ayer murió Maria Elena Walsh. La conocí porque alguien me acercó su música cuando de bebé mi hijo me reclamaba canciones para dormir. Me conmovía a mí misma susurrándole cuentos tiernos, como El adivinador y La vaca estudiosa a ritmo de carnavalito o de vidala. Después, de pura curiosidad, descubrí que era una suerte de poetisa- juglar. Y que además de escribir poesía y componer canciones infantiles, publicó un buen número de novelas. Al otro lado del mundo, hoy la colman de homenajes. Aquí tal vez la demos a conocer tímidamente a través de una hermosa canción cantada por muchos. Todavía hoy, cuando muy de vez en cuando, mi hijo de nueve años me pide que le cante algo para dormir, me sorprendo habiendo olvidado todo lo de mi infancia. Y él ya no espera La tarara, sino el Jacarandá.


Tantas veces me mataron,
tantas veces me morí,
sin embargo estoy aquí
resucitando.
Gracias doy a la desgracia
y a la mano con puñal
porque me mató tan mal,
y seguí cantando.

Cantando al sol como la cigarra
después de un año bajo la tierra,
igual que sobreviviente
que vuelve de la guerra.

Tantas veces me borraron,
tantas desaparecí,
a mi propio entierro fui
sola y llorando.
Hice un nudo en el pañuelo
pero me olvidé después
que no era la única vez,
y volví cantando.

Tantas veces te mataron,
tantas resucitarás,
tantas noches pasarás
desesperando.
A la hora del naufragio
y la de la oscuridad
alguien te rescatará
para ir cantando.

Como la cigarra, 1972

Letra María Elena Walsh, cantan Renato Teixeira y León Gieco


sábado, 18 de diciembre de 2010

Vuelos de mariposa...

Vamos a ver

Música Iberoamericana del Mundo. Así rezan las siglas de un sello que corona el último disco de Osvaldo Ciccioli. Mi amigo. Compañero tal vez de otros tiempos: tiempos de guitarra al hombro, de puestito en el Retiro, tiempo de perder trenes, de leer a Inodoro Pereyra y cebar mates con los dedos helados frente a un estanque yerto…Las canciones de Voy y vuelvo —será esa la letanía eterna de los que se van lejos de su tierra— tienen “aires” folclóricos, que hacen de su música de autor una mezcla valiosa, que creo yo, habría que defender a toda costa. Al fin y al cabo en la mezcla (así se llamó su primer disco “Mezcla, en Libertad”, haciendo referencia al conocido café madrileño) está la riqueza. Por supuesto esos aires llegan del norte argentino: chacareras, huaynos, zambas… porque Osvaldo nació a los pies de la cordillera andina. Pero tal vez podría (junto con otros muchos músicos) estar abriendo una nueva grieta en la música de autor, una suerte de corriente musical que albergase otras mezclas, otros ritmos provenientes de cualquier país de habla hispana para compartirlos con el mundo. ¿Sería posible una ambición más hermosa, o una hermosura más ambiciosa? Vendría a ser una especie de revolución bolivariana o sanmartiniana musical. Como dice Osvaldo en una de sus canciones: Vamos a ver…
Chicho presenta su disco "Voy y vuelvo" en la sala Galileo Galilei el martes 21 de diciembre de 2010 (www.salagalileo.es/programa/programa.php?p=1&s=1).

Letra y música: Osvaldo Ciccioli; voces: Osvaldo Ciccioli y León Gieco


lunes, 6 de diciembre de 2010

De otras plumas...

Juan Manuel Ramos
La otra orilla

A Carmen, Conchi, Ignacio, Nacianceno

A la otra orilla del mar,
Más allá de la bruma de los barcos,
Pasean mis amigos por plazas azules,
Calles amarillas y callejones secretos
Color carmín.

Tierra poblada de torres y almenas
Donde se asoma el pasado,
Sombra suplicante,
Anhelo de reconquista,
De un mítico reino
Cubierto de diáfano velo.

Línea difusa del tiempo
Por la que se vislumbran,
Desdibujados,
Molinos de viento y nubes.
Guerreros vigilantes
De nuestro blanco camino
Poblado de signos verdes.

Campo de flores naranjas y amarillas,
Donde las horas se detienen
A contemplar su danza.
Sonata del sol y el aire.

Rojo intenso que transfigura
La nieve perpetua de la historia,
En verdor liberado de las sombras,
Recintos de erotismo y misticismo,
Poesía geométrica que invita al silencio.

A la otra orilla del mar,
Bajo la sombra de las violetas,
Como suave brisa, pasean mis amigos,
Por arcos de luz, caminos, enredaderas,
Eterno retorno a la fuente cristalina,
Prodigioso encuentro con el otro.

Savia por la que fluye la intensidad,
Esa que impulsa al niño
A jugar con las palomas en la tarde.
Aves que al volar,
Iluminan el cielo de azul, rosa y blanco.
Aleteo del que surgen signos, trazos y sueños.


El viento, con suave soplo,
Las convierte en palabras encantadas,
Para luego dejarlas caer,
Como fina lluvia,
Transformadas en trigo, flores y vino.

A la otra orilla del mar,
Más allá de la bruma de los barcos,
Pasean mis amigos por
Atardeceres de sonrisas encendidas,
Mesas cubiertas de flores
Amarillas, rojas y blancas,
Plazas llenas de bullicio,
Aroma de café, botellas jubilosas,
Melodía de cristal.

Allí,
Caminé una tarde,
Solitario,
Bajo un cielo luminoso,
Azul y rosado.
La primavera
No tenía prisa en irse.

Instante de luz,
Portal del tiempo,
Por el que surgieron
Mis amigos,
Con ojos bañados de quietud,
Para cobijarme
Con su cálida compañía.

Al caer la noche,
Rodeado de libros y
Palabras extraviadas,
Me llegan destellos,
Susurros,
De aquella tierra
Pintada de colores.

Me dirás que desde esta orilla,
Solo se alcanza a mirar
La inmensidad del cielo
Tatuado de estrellas.
Pero la otra orilla,
Donde viven mis amigos,
La llevo escondida, como piedra preciosa,
En la palma de mi mano.

Es un placer para nosotros invitar a pasar a Juan Manuel Ramos a este espacio, donde siempre será bien recibido. Él vino de México, compartimos calles, literatura, risas. Y luego nos regaló unos versos que hablan de la amistad, de la distancia que con palabras mágicas como estas se puede hacer desaparecer... y como de todos es sabido que uno debe dar lo que espera, para que el círculo se cierre, ahí los queremos compartir, con nuestros lectores, conocidos y anónimos.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Es de mar

Marina recorre el trecho desde la puerta de la casa hasta la valla del jardín con pasos cortos y rápidos. Al momento siente tras de sí una presencia cálida y húmeda que roza sus tobillos desnudos. Vuelve la cabeza con sobresalto y el flequillo dorado le cubre por completo los ojos.
—¡Chssss! No puedes venir conmigo, Truco —el corazón se le ha acelerado de pronto y agita una mano de atrás hacia adelante, al tiempo que se aprieta el dedo índice contra los labios temblorosos.
El labrador de pelo amarillo inclina las orejas, obediente, se sienta sin apartar la vista de la niña, que aprovecha para salir disparada. El perro se acuesta y reposa la cabeza sobre sus patas delanteras emitiendo un gemido lacónico. La puerta metálica —con la pintura cobalto desvaída— se queda batiendo con la brisa que llega del mar.
Dentro de la casa sólo hay quietud. En la oscuridad interior se filtran los primeros rayos del día por las rendijas de las persianas como si fueran los agujeros de un colador.

Hacía dos años que habían comprado la casa. Entonces las paredes exteriores eran de un azul anodino y desgastado por el viento y la sal; todavía la encontraron con el cartel de se vende cuando llegaron. Lo primero que hicieron Fran y María el día que se fueron a vivir junto al faro fue pintar la casa de azul añil, como el cielo de los días claros de invierno; como el extenso mar que se perdía tras el acantilado, en cuyo filo descansaba la casa, expuesta a los fuertes vientos del sureste.
Al principio Marina tuvo miedo. No alcanzaba a entender por qué su padre había aceptado un trabajo tan extraño como cuidar de un faro, si él mismo le había explicado que aquella gigantesca linterna era controlada de forma mecánica, y la mano del hombre no era necesaria para asegurar su correcto funcionamiento. Por las noches el viento aullaba con un quejido siniestro y cuando la luna estaba llena, su claridad era lo único que parecía tranquilizar a la niña, que se quedaba dormida contemplando aquella redondez enmarcada en la ventana de su habitación. Desde su cama también podía divisar el faro: una torre alta de ladrillo coronada por la luz giratoria que nunca cesaba. Se imaginaba los barcos bogando en la noche hipnotizados por el haz de luz que crecía de repente. En una conversación había escuchado a sus padres hablar de un transatlántico que había zozobrado frente a aquellas costas hacía más de un siglo, donde casi todo el pasaje había perecido.
Un día no pudo más y se metió en la cama de su hermano.
—Martín, me da miedo el viento.
—El viento sólo es viento. Además, ya va siendo hora de que te hagas mayor.
A la mañana siguiente, mientras su madre conducía de camino a la ciudad descendiendo por el sendero abierto entre las chumberas y las siemprevivas, la cabeza de Marina volaba hacia otro lugar. Pensaba en la propuesta que le había hecho su hermano. Una especie de conjuro para ahuyentar el miedo y convertirse en parte de aquel lugar dominado por las olas y el viento.

Truco sigue tumbado frente a la puerta. No se moverá hasta que ella regrese. Desde hace semanas, casi cada domingo, mientras sus amos duermen, el perro ve salir a la niña ignorante de su paradero. Le tiemblan las patas y el pecho, nervioso, las ganas de seguirla contenidas, el sol obligándole a guiñar los ojos, los charranes gritando en la lejanía.
Marina corre hacia el camino que discurre a los pies del faro, ahora es fácil encontrar el lugar que le mostró su hermano. Sabe que tiene el tiempo justo, antes de que sus padres se despierten y la echen en falta. El cielo todavía está cubierto de brumas y el mar salpicado de veleros, que se pierden insignificantes en el horizonte. El faro se levanta como estampado en un lienzo de fondo azul. Se deja resbalar por un terraplén hasta llegar a la playa de piedras formada algún día de manera natural. Inspira con fuerza hasta llenarse el pecho de aire, cuenta hasta tres y echa a correr. Al final de la ensenada se alzan las rocas que dibujan el perfil del acantilado. En seguida llega a la base del promontorio; está muy agitada y casi no puede contener la risa. El miedo se ha esfumado, es valiente y eso le hace reír en voz alta. Su hermano le dijo que ella, como todos los suyos es de mar, y por eso no puede evitar repetirlo una y otra vez.
Coloca las manos en una piedra que sobresale y empieza a trepar. Estira los brazos y se ayuda de los pies. Poco a poco avanza entre las rocas filamentosas entibiadas por el sol. Al rato se detiene a tomar aliento y al levantar la cabeza para continuar sus ojos se tropiezan con unos ojos amarillos que le observan inquietos. Es una gaviota posada a la altura de su cara. A esa breve distancia se le antoja enorme. El pájaro se sacude la humedad gris de las plumas sin dejar de observar a Marina.
—Tranquila amiguita. Voy a saltar.
La gaviota se despelucha y sacude la cabeza al tiempo que lanza un graznido corto.
La niña se sienta para juntar valor y echa un vistazo a su casa: las ventanas del piso de arriba con las persianas bajadas. “Truco me estará esperando con las orejas tiesas. Seguro”. Busca al perro, pero desde allí no lo ve. Se imagina su regreso, empapada y con la cara salada. Se tirará al suelo sobre las baldosas calientes. Se dejará lamer por el animal para que borre el rastro del mar en su piel. Ahogará en un grito las cosquillas que le hará con su lengua áspera y blanda. El perro cerrará los ojos mientras lame el sabor dulce de su piel de niña.
Es el momento: se coloca sobre la piedra plana que hay frente a ella y se mira los pies: ya se han secado. “Lo más importante es tener los pies secos” se dice recordando las palabras de su hermano. Da un paso adelante, aprieta los brazos contra el cuerpo y levanta la mirada. Hay un grupo de islas pequeñas en el mar que parecen hormigas. En el centro destaca una con un pequeño torreón que parece ser la reina. Siente un escalofrío, el viento empieza a refrescar. Ese viejo enemigo que ya no es sino viento. Viento que silba, que canta, viento que habla… sólo ella puede escuchar sus propias palabras que se sorprende diciendo en voz alta.
Se levanta sobre las puntas de los pies, toma impulso y salta.

Relato modificado del original Es de mar, publicado en el IV Libro de la Escuela de Escritores de Madrid, Arena en los zapatos.

lunes, 7 de junio de 2010

Vuelos de mariposa...

Las ausencias son a veces terribles. Y el abandonado, como dice González, puede convertirse en un ciego que estira los brazos contra el viento, o en un mero cuerpo: oscuro, torpe, malo. Pero también eso, como la poesía, es parte de la vida, o más allá, la vida misma…

Muerte en el olvido

Yo sé que existo
porque tú me imaginas.
Soy alto porque tú me crees
alto, y limpio porque tú me miras
con buenos ojos,
con mirada limpia.
Tu pensamiento me hace
inteligente, y en tu sencilla
ternura, yo soy también sencillo
y bondadoso.

Pero si tú me olvidas
quedaré muerto sin que nadie
lo sepa. Verán viva
mi carne, pero será otro hombre
-oscuro, torpe, malo- el que la habita...



Me he quedado sin pulso

Me he quedado sin pulso y sin aliento
separado de ti. Cuando respiro,
el aire se me vuelve en un suspiro
y en polvo el corazón de desaliento.

No es que sienta tu ausencia el sentimiento.
Es que la siente el cuerpo. No te miro.
No te puedo tocar por más que estiro
los brazos como un ciego contra el viento.

Todo estaba detrás de tu figura.
Ausente tú, detrás todo de nada,
borroso yermo en el que desespero.

Ya no tiene paisaje mi amargura.
Prendida de tu ausencia mi mirada,
contra todo me doy, ciego me hiero.


Poemas de Ángel González
Música de Pedro Guerra

lunes, 17 de mayo de 2010

Zárate

Relato modificado del original "Zárate", publicado en el II Libro de la Escuela de Escritores de Madrid, "Tusitala".

El día que a Mauricio se le ocurrió viajar a Zárate amaneció lleno de nubes. Cuando me desperté supuse que la madrugada había llegado con una tregua frente al calor sofocante de los últimos días, ya que durante la noche alguien había cerrado la ventana del dormitorio, y las nubes negras que asomaban tras el cristal, cargadas de lluvia, no eran habituales en el verano porteño. La casa estaba en silencio, tan sólo percibí la respiración profunda de un bebé que me llenó de calma. A mi lado las sábanas arrugadas delataban la ausencia de mi compañero. Me asomé a los pies de la cama donde habíamos colocado la cuna de Mateo y lo vi durmiendo boca arriba con los brazos y las piernas trazando la silueta de un espadachín diminuto y tierno. Sonreí y pensé que las cosas, después de todo, no andaban tan mal. Me levanté y arrastré los pies hasta el humilde cuarto de aseo.
—Nos vamos a ver a mi padre.
Encontré a Mauricio con la cara llena de entusiasmo y de espuma de afeitar en el espejo. Me restregué los ojos y le empujé suavemente con la cadera haciéndome un sitio delante del lavabo, a la vez que giraba el grifo del agua fría para aumentar el caudal de la canilla. Él comenzó un gesto de protesta alzando las cejas, pero acabó siendo una sonrisa llena de malicia. Sentí su vientre que se apretaba contra mí.
—¿EL enano duerme?—me dijo a modo de propuesta.
Imaginé que habría tomado la decisión la noche antes, cuando se quedó hasta tarde conversando con su madre y Ana Julia después de la cena, pero no le pregunté nada. Yo había optado por retirarme a contarles un cuento a los niños y respetar esa intimidad que parece ligada a la sangre.
Hacía más de diez años que Mauricio había emigrado a Madrid-entre nosotros llamábamos a las cosas por su nombre- y cinco que vivíamos juntos. En ese tiempo yo apenas le había escuchado hablar dos o tres veces con su padre por teléfono, una de ellas cuando le habían operado de una hernia que lo había tenido en cama durante meses. Nunca se habían vuelto a ver.
Como en nuestras anteriores visitas a Buenos Aires, los días transcurrían en un clima perfecto. El hijo pródigo volvía, dejando claro que las oportunidades las brindaba Europa, las cosas nos iban muy bien y ni hablar de volver a la Argentina. Por el lado de ellas todo eran cariños, y orgullo por el hombre de la casa, conversaciones almibaradas sobre las virtudes de un hombre que se había educado en el liceo militar, en ausencia absoluta del padre, sólo ensombrecidas de vez en cuando por alguna puteada contra el gobierno, la inflación, y las dificultades para vivir dignamente en un país por momentos anacrónico. Yo, por lo general me autoexcluía de esas charlas, demasiado adulteradas por la irrealidad y el consenso familiar. La llegada de Pablo, el marido de Ana Julia, y los sobrinos de Mauricio suponía un soplo de aire nuevo en esas reuniones de sobremesa. Con el nacimiento de Mateo, las vacaciones transcurrían entorno a los chicos. Nos metíamos los ocho en la camioneta de Pablo, con carritos incluidos, quebrantando todas las leyes de tráfico y del sentido común —como sólo podían concebirse las cosas allá— y viajábamos hasta Pilar, donde alquilaban por temporadas un country, y disfrutábamos de un asado preparado con el cuidado y la calma de los ascetas.
El triángulo Mauricio-mamá-Ana Julia jamás se rompía. Los demás girábamos alrededor como electrones desordenados, necesarios pero intercambiables, como si nunca hubiera existido un cuarto vértice, ahora imposible, que hiciese la figura inicialmente otra; una más cabal, menos perfecta pero más humana: Rubén. Mauricio hablaba poco de él, pero su mamá había ido filtrando la historia a lo largo de los años. Era un cuento conocido. Un padre arrastrado por la desocupación, por la falta de esperanza en el medio rural de un país ambiguo, que se había desentendido de sus hijos, tal vez traídos al mundo siendo demasiado jóvenes los dos. Alguien inconstante en el trabajo, siempre tentado por el dinero fácil. Y luego todo se había ido pudriendo, como una raíz húmeda, hasta la separación. Después la mamá de Mauricio había regresado a Buenos Aires con los chicos, alejándose por fin de un sur que jamás pudo comprender. Yo nunca había acertado a adivinar dónde escondía cada uno de los tres su dolor, aparentemente invisible, porque parecía que después de todo y en la actualidad la relación con Rubén era, aunque escasa, cordial.
Mauricio hacía rato que había terminado de afeitarse, pero seguíamos frente al espejo, entonces escuchamos lloriquear a Mateo y yo me apresuré a colocarme el pijama que con tanto placer me había dejado quitar. Lo saqué de la cuna y me dirigí a la cocina. Para mi sorpresa ya todos estaban despiertos. Ana Julia, junto al fogón, calentaba agua para el mate. Recostada sobre la encimera, inspiraba con deleite el humo de su cigarro, echando bocanadas en dirección a una ventana amplia que se abría sobre la repisa de mármol veteado, como queriendo mantener el aire de la sala sin contaminar. Era una mujer bella. No se parecía físicamente a su hermano ni a su madre (ambos con unas facciones muy italianas), parecía de otra rama genética, más aindiada, una que yo desconocía. Su madre estaba sentada en la mesa larga de la cocina. Me saludó cariñosamente y me ofreció medias lunas de grasa de una bandeja enorme que reinaba sobre un mantel de colores andinos. Me contó que Pablo había salido con los chicos a comprar el diario.
—Sentáte querida.
Por fin pude comprender mejor la decisión inesperada de Mauricio. Era el cumpleaños de Rubén y quería presentarse en su casa de Zárate sin avisar. Caerle de sorpresa con el nieto en brazos; su tercer nieto. Él era de esas cosas: ilusionarse con facilidad, rumiar la escena con su corazón de niño, pensar y sentir sólo lo bueno que podía suceder. Luego no había forma de convencerle de lo contrario. Veía con demasiada facilidad el éxito, aunque la idea fuera descabellada. Su madre respetaba la decisión, con aparente prudencia, por miedo a contrariar a Ana Julia, cuyo carácter era capaz de arruinar cualquier ilusión de Mauricio, pero sin esfuerzo dejaba escapar ese gesto tan suyo de satisfacción, imaginándose también el reencuentro. Ana Julia permanecía en silencio, pensativa, tal vez molesta. De pronto, apagó el cigarro en el lavadero y se puso a hablar sobre los planes que habían hecho para ese día, y qué absurdamente los iban a romper por hacer algo que a todas luces iba a terminar en desastre. Hasta que su madre, al sentir los pasos de Mauricio, acercándose por el pasillo, golpeó la mesa para hacerla callar.
Decidimos dejar a Mateo en Buenos Aires. Pablo nos prestó el coche y salimos de la ciudad. Enfilamos la nueve de julio y observé que las nubes seguían amontonándose en el techo del cielo, y aunque seguía siendo temprano, el bochorno ya se sentía en el interior del vehículo, Mi opinión respecto a aquél viaje era inválida. Había aprendido a capear las ocurrencias sin fundamento de Mauricio, como un defecto tolerable, incluso cuando las consecuencias nos traían serios problemas. Si trataba de convencerle de lo contrario, argumentando ejemplos en los que el resultado había sido estrepitoso, me acariciaba la cara con las dos manos y me pedía que lo ayudase, que no lo dejase sólo, como si fuera un niño pequeño a la puerta de la escuela. Sin embargo, en esa ocasión, celebré en silencio que hubiera decidido visitar a su padre. Al fin y al cabo era su padre. A medida que íbamos dejando atrás las altas torres afiladas, el emblemático obelisco, el silencio se hizo fuerte entre nosotros. Lo último que me dijo Mauricio antes de llegar a Zárate me recordó que lo amaba con una locura incondicional.
-¿Terminamos luego lo de antes?
-Pero…
En ese momento, algo confundida por la pregunta, entendí que íbamos a un lugar sin un plan establecido. ¿Nos quedaríamos a dormir? ¿Estaría él en su casa? ¿Qué pasaría cuando su otra familia nos viese llegar?
Llegamos a la ruta 9 que se abría hacia el noroeste del país, y se perdía en Rosario. Mauricio conducía pensativo, y yo también trataba de imaginarme el encuentro. Llegaríamos a la hora de la cena, tal vez estuvieran festejando con los amigos, con la abuela, con el hermano, con los hermanastros de Mauricio y Ana Julia y la segunda esposa de Rubén. Cuando la carretera comenzaba a discurrir paralela al río Paraná apareció sobre nuestras cabezas un cartel verde con letras blancas que indicaban la salida de Zárate. Durante varios minutos, quizá media hora, estuvimos deambulando por lo que supuse era un barrio o las afueras de la ciudad. Calles desordenadas sin asfaltar, salpicadas con charcos de agua sucia, merodeados por nubes de mosquitos. Las casas bajas se sucedían con ese corte tan colonial, que en los barrios clásicos de Buenos Aires rozaba la coquetería, pero que aquí evidenciaba más bien un cierto abandono. Algunos niños jugaban en la calle con los pies descalzos. Me alegré de no haber traído a Mateo. Sentí que hubiera sido un compromiso demasiado grande para Rubén, recibir a su hijo y a su nieto al mismo tiempo. El influjo del río se hacía presente por la humedad pegajosa que comenzaba a hacernos transpirar.
Justo cuando empezaba a pensar que estábamos perdidos, Mauricio rompió el silencio para explicarme que sabía el camino de memoria. Que había vivido allí hasta los ocho años, y que no recodaba haber llegado a aquella casa de otro modo distinto que caminando. Pero que igualmente no tenía ninguna duda de cómo llegar. Me hubiera gustado que me contase más de aquella casa que fue de su abuela (ahora ella vivía unas calles más allá, me aclaró también), Hubiera querido fijarme en los números y compartir eso con él, pero su forma de hablar se imponía como un monólogo o un pensamiento en voz alta. Un día —me dijo acariciándome la pierna— tras dos días sin aparecer por la casa, su viejo se había presentado con la idea de llevarlos a vivir al sur, en la provincia de Santa Cruz, donde le habían prometido buen trabajo en la Swift.
Sentí que Mauricio aminoraba la marcha al tiempo que agachaba la cabeza tratando de localizar los números de las puertas, o tal vez estimaba el tiempo que faltaría para que se largase a llover. De pronto frenó en seco. Se había detenido frente a una casa de un sólo piso similar a todas las de esa calle. Tenía una puerta alta y acristalada con ventanas pequeñas a los lados, que permanecían con la persiana baja. Así pues, desde el coche no se percibía movimiento alguno en el interior de la vivienda. Alrededor había un pequeño patio cercado por un enrejado negro, donde crecían a su libre albedrío plantas rastreras que pujaban por tapar las baldosas desgastadas que hacían las veces de un camino. A la derecha el jardín se hacía más ancho para dar cabida a un duraznero oloroso de cuya rama principal colgaba algo parecido a un columpio. La puerta del enrejado también estaba cerrada. Me llamó la atención el hecho de que sobre el tirador de la cancela exterior había enroscado un pequeño ramo de rosas blancas. Mauricio apagó el motor y respiró hondo antes de abrir la puerta. Sin bajar del coche tocó la bocina de forma repetida. Luego se hizo el silencio. Por unos instantes pensé que quizás no era esa la casa, o que habían salido a comer fuera. Mauricio se bajó sin decirme nada y atravesó la primera puerta. Avanzó hacia la casa, y se detuvo unos instantes, como si hubiera olvidado algo. Entonces un trueno sacudió el cielo, y lo vi estremecerse. Luego siguió caminando hasta la puerta de la casa y se quedó esperando. No llamó al timbre ni golpeó. Sólo volvió la cabeza hacia mí, que ya estaba fuera del coche y le hacía señas para que llamase al timbre. Pero no lo hizo. Así estuvimos unos minutos. Callados. Sin hacer nada. Escuchando el barruntar de la lluvia. Por fin vi una sombra que se acercaba desde el fondo del pasillo al otro lado de los cristales. Abrió y se quedó mirando muy fijamente a Mauricio, como si le costase reconocerle. Era un hombre con el pelo blanco que sin distinguirlo con claridad me resultó familiar. Sin intercambiar palabra se abrazó a Mauricio y me pareció que sollozaba. Luego se volvió hacia el pasillo y comenzó a gritar.
—Rubén, boludo, es el chico, el pibe.
Mauricio me volvió a buscar con la mirada y me hizo un gesto para que fuese con él, pero no me moví. Lo vi asomarse por encima del hombre al que acababa de abrazar, ponerse de puntillas, volver a buscarme. Rompió a llover.
Al rato un hombre que arrastraba una marcada cojera apareció también por el pasillo, seguido de tres o cuatro bultos más que no distinguí desde la calle. Con un hilo de voz le escuché decir:
—Hola hijo.
En ese primer instante me pareció un ser débil, como una figurita de papel a punto de llevársela el viento. Tenía el semblante serio, casi cansado. No encontré en su expresión, ningún parecido con Mauricio, sin embargo reconocí en sus ojos afilados la mirada de Ana Julia. Mauricio sonreía. Se reía con esa risa suya generosa, desmedida por la alegría. Se decían cosas, monosílabos. Se miraban de arriba a abajo. Ahí me di cuenta de que la lluvia era torrencial porque tenía los zapatos llenos de agua. Corrí, atravesando el jardín hasta la puerta de la casa. En la fachada me pareció ver una cucaracha que trepaba asustada por el agua.
Entonces, al llegar al lado de Mauricio y tomarle la mano, al mirar a su padre a los ojos, comprendí que algo había sucedido. Un pequeño cambio, casi imperceptible para un observador externo pero que trasmutó a los dos protagonistas en otros, y que tal vez cambió el curso de los acontecimientos esa noche. Fue un instante en el que el silencio pudo con todo, incluso con la fuerza de la lluvia y el zumbido de los mosquitos. Incluso con el golpeteo del corazón de Mauricio que yo sentía en la palma de su mano. El hijo aflojó la sonrisa. Su papá le palmeó la espalda y comenzó a hablar con una fuerza nueva, como si hubiera rejuvenecido veinte años. Ahora el que se reía era él y pasó su brazo sobre los hombros de Mauricio.
—Qué lindo que vinieron justo el día de mi cumpleaños. ¿Te acordaste? Qué lindo. Están todos: la abuela, los chicos, mi mujer. Se van a alegrar. Justo estábamos…¿Y ella? Ah, tu mujer. ¿Te casaste? No me invitaste mirá. Un gusto linda. ¿Te acordaste de traerme las moneditas? ¿Qué son allá, pesetas?
Los vi adentrarse delante de mí en el contraluz del pasillo mientras el hombre que salió a abrir, sonriente, me sujetaba la puerta para que pasara. Tras nosotros las sombras del final del día comenzaron a extenderse por el barrio como los tentáculos de un pulpo.

jueves, 13 de mayo de 2010

Atlético de Madrid campeones de Europa


Atlético de Madrid
¡Campeones, campeones, campeones!

Qué manera de sufrir, qué manera de ganar...

Letra de Joaquín Sabina

domingo, 18 de abril de 2010

Vuelos de mariposa...


Annabel Lee

Dicen que Virginia Clemm —su prima de trece años con la que contrajo matrimonio y vivió enamorado hasta su muerte— era la única que mantenía a Poe conectado con el mundo real. De todos es sabido que “Annabel Lee” arrastra la sombra alargada de aquella niña que también a él lo hizo niño. Es curioso como la obra de Edgar Allan Poe ha influenciado en la música de muchos grupos de rock duro o heavy, de cuyos abundantes ejemplos no daremos hoy ninguna cuenta. Me quedo, nos quedamos, con el tema de Radio Futura, que lleva el mismo nombre que el poema, cuyo sentido siempre me ha conmovido. Mírenle bien a los ojos, no me digan que no son los de un niño…
(Por cierto, como un pequeño regalo a nuestro amigo Ignacio Cisneros, publicamos también el poema original en inglés).


Fue hace muchos, muchos años,
en un reino junto al mar,
donde vivía una doncella que tal vez conozcáis
por el nombre de Annabel Lee;
y esta doncella vivía sin otro pensamiento
que amarme y ser amada por mí.

Era una niña y yo era un niño,
en aquel el reino junto al mar,
pero amábamos con una amor,
que era más que amor,
yo y mi Annabel Lee;
con un amor que los alados serafines del cielo
nos envidiaban a ella y a mí.

Y esta fue la razón de que, hace tiempo,
en aquel reino junto al mar,
surgiese un viento de una nube, helando
a mi hermosa Annabel Lee;
así que acudieron sus parientes de alta cuna
y la alejaron de mí
para encerrarla en un sepulcro
en aquel reino junto al mar

Los ángeles, ni la mitad dichosos en el cielo,
nos envidiaban a ella y a mí;
¡Sí! Esa fue la razón (como todos saben,
en aquel reino junto al mar)
De que surgiese el viento de una nube, una noche,
helando y matando a mi Annabel Lee

Pero era nuestro amor mucho más fuerte que el amor
de los que eran mayores que nosotros,
de muchos más sabios que nosotros,
y ni los ángeles del cielo allá arriba
ni abajo los demonios, bajo el mar,
podrán jamás separa mi alma del alma
de la hermosa Annabel Lee

Pues la luna nunca luce sin traerme sueños
de la hermosa Annabel Lee;
y así, durante toda la noche yazgo tendido al lado
de mi amada, mi amada, mi vida y mi desposada,
en aquel sepulcro junto al mar,
en su tumba junto al sonoro mar.



It was many and many a year ago,
In a kingdom by the sea,
That a maiden there lived whom you may know
By the name of ANNABEL LEE;
And this maiden she lived with no other thought
Than to love and be loved by me.

She was a child and I was a child,
In this kingdom by the sea;
But we loved with a love that was more than love-
I and my beautiful Annabel Lee;
With a love that the winged seraphs of heaven
Coveted her and me.

And this was the reason that, long ago,
In this kingdom by the sea,
A wind blew out of a cloud by night,
Chilling my Annabel Lee;
So that her high-born kinsmen came
And bore her away from me,
To shut her up in a sepulchre
In this kingdom by the sea.

The angels, not half so happy in heaven,
Went envying her and me-
Yes!- that was the reason (as all men know,
In this kingdom by the sea)
That the wind came out of the cloud,
Chilling and killing my Annabel Lee.

But our love it was stronger by far than the love
Of those who were older than we-
Of many far wiser than we-
And neither the angels in heaven above,
Nor the demons down under the sea,
Can ever dissever my soul from the soul
Of the beautiful Annabel Lee.

For the moon never beams without bringing me dreams
Of the beautiful Annabel Lee;
And the stars never rise but I see the bright eyes
Of the beautiful Annabel Lee;
And so, all the night-tide, I lie down by the side
Of my darling- my darling- my life and my bride,
In the sepulchre there by the sea,
In her tomb by the side of the sounding sea.


Tema de Radio Futura inspirado en el poema Annabel Lee de Edgar Allan Poe

viernes, 26 de marzo de 2010

Vuelos

De lunes a viernes las mañanas siempre saben a lo mismo. A paladar reseco por el madrugón. A pereza pegajosa. A vagas ganas de largarlo todo a la mierda. En cuanto suena el despertador subo las escaleras; no sé bien si para encender la cafetera o preparar mi maletín y la mochila de mi hijo que duermen cerca de la puerta de la calle y así no quedar olvidadas entre tanta carrera. Están en la misma esquina que hace tiempo ocupó un carrito de bebé y una carpeta de planos de arquitecto. Después bajo a mi habitación y luego vuelvo a subir. A veces lo hago para que no se me queme el pan en la plancha, o para remover el azúcar del café. Bajo para ducharme y subo para buscar los calcetines que me dejé cuando subí para sacar el pan. Y sigo con esa nausea en la garganta. Lo que no se me ocurre es levantar las persianas, o descorrer las cortinas como solía hacer en otra época o ahora los sábados. Para qué, si está oscuro todavía y no hay un rayo de luz que rescatar entre las sombras que deambulan afuera y adentro como gatos callejeros. Además apremian las prisas. Cada tanto miro el reloj tomándole el pulso a la hora límite. Sé que si me la salto el retraso se irá haciendo grande como los ovillos de lana que mi abuela construía pacientemente. Esos días en los que el llegar tarde se apodera de mí, podría salir a la calle con mi hijo de la mano, y encontrar en la puerta una manada de rinocerontes o al hombre más hermoso del planeta y no los vería nunca. Arrastraría al niño boquiabierto, abriéndome paso entre la belleza y la bestialidad hasta alcanzar mi coche. Porque esos días, lo único que sucede en mi vida es que no voy a llegar a tiempo.
Una vez se pasó toda la noche nevando. Cuando salimos del portal nos hundimos hasta los tobillos en la nieve, pero yo no lo noté hasta que las ruedas del carrito se negaron a caminar. Habían acumulado dos palmos de nieve, y mi hijo se reía como un niño. Pero yo sólo fui capaz de mirar el reloj.
Hoy no iba del todo mal con la horalímite. He terminado de preparar las cosas diez minutos antes, y nos disponíamos a salir camino del colegio. Todavía no sé cómo he ahorrado seiscientos preciados segundos en esta mañana fría y húmeda de lunes. Quizás por eso, porque todo iba viento en popa, no le he reñido al niño y me he mirado en el espejo de la entrada. Al salir, algo en la calle ha llamado mi atención. Los pájaros no cantaban, no se escuchaban a lo lejos el carraspeo de los coches ni el rumor de los aviones. Tal vez haya sido ese extraño silencio lo que me ha empujado a mirar al cielo. Estaba rojo. Por la lluvia, he supuesto, pero al advertir su movimiento, he entendido que algo vivo flotaba en el ambiente. Desde el fondo del horizonte los pájaros rosados se iban acercando; eran flamencos. Flamencos inflamando el cielo de un pueblo madrileño, acostumbrado a las golondrinas o alguna que otra pareja de cigüeñas. Al principio eran sólo una mancha, una ondulación roja del cielo. A medida que crecían en tamaño, en proximidad, la bandada definía su vuelo en un zigzag casi militar, entonces he presentido que me traían algo. Sus cuellos largos, sus patas finas acostadas sobre el viento, el perfil negro de los picos corvos, el rímel en el plumaje de sus alas inquietas: algo debían de traer. Esta mañana una bandada de flamencos rosados ha sobrevolado mi casa y me ha sobrevolado a mí, mientras yo dejaba pasar el tiempo, quieta, mirándolos. Con la cabeza alzada, incrédula. Queriendo creer, sí. Pero sin fuerzas, con desgano. Y no han dejado de pasar ni un sólo minuto, durante Dios sabe cuánto tiempo. Gritaban (entre su jolgorio, escuchaba a mi hijo protestar que llegaba tarde al colegio), felices llevaban un rumbo fijo y me lo querían demostrar. “Con el ritmo acordado de una orquesta” me susurra el poeta.
Y he sabido que ellos, firmes, seguros, embarcados hacia el oriente, lejos de traerme nada, se llevaban mis últimas esperanzas.

jueves, 11 de marzo de 2010

Vuelos de mariposa...

Oda a la guitarra

Dejemos que sea la guitarra quien hable por nosotros.

Delgada
---------línea pura
de corazón sonoro,
eres la claridad cortada al vuelo:
cantando sobrevives:
todo se irá menos tu forma.

No sé si el llanto ronco
que de ti se desploma,
tus toques de tambor, tu
----------------------------enjambre de alas,
será de ti lo mío,
o si eres
en silencio
más decididamente arrobadora,
sistema de paloma
o de cadera,
molde que de su espuma
resucita
y aparece, turgente, reclinada
y resurrecta rosa.

Debajo de una higuera,
cerca del ronco y raudo Bío Bío,
guitarra,
saliste de tu nido como un ave
y a unas manos
morenas
entregaste
las citas enterradas,
los sollozos oscuros,
la cadena sin fin de los adioses.
De ti salía el canto,
el matrimonio
que el hombre
consumó con su guitarra,
los olvidados besos,
la inolvidable ingrata,
y así se transformó
---------------------la noche entera
en estrellada caja
de guitarra,
temblando el firmamento
con su copa sonora
y el río
sus infinitas cuerdas
afinaba
arrastrando hacia el mar
una marea pura
de aromas y lamentos.

Oh soledad sabrosa
con noche venidera,
soledad como el pan terrestre,
soledad con un río de guitarras!
El mundo se recoge
en una sola gota
de miel, en una estrella,
todo es azul entre las hojas,
toda la altura temblorosa
----------------------------canta.

Y la mujer que toca
la tierra y la guitarra
lleva en su voz
el duelo
y la alegría
de la profunda hora.
El tiempo y la distancia
caen a la guitarra:
somos un sueño,
un canto
entrecortado:
el corazón campestre
se va por los caminos a caballo:
sueña y sueña la noche y su silencio,
canta y canta la tierra y su guitarra.

Poema de Pablo Neruda
Música: Vicente amigo. Voces: Montse Cortés y Vicente Amigo.

domingo, 21 de febrero de 2010

Ausencias

A modo de conjuro:
Que el azar me lleve hasta tu orilla,
ola o viento, que tome tu rumbo,
que hasta ti llegue y te venza mi ternura.
Darío Jaramillo Agudelo

Tengo la casa llena de ausencias. Te fuiste un domingo y las dejaste todas esparcidas al salir por la puerta. Yo te seguí. Detrás de ti iba sumisa, despierta pero dormida, soñando que era un sueño, que no te ibas. Borracha de ti, de dos días de ti, siguiendo la estela de tus besos. Te hubiera seguido hasta el último confín del mundo. Lo sabías ¿verdad?
Pero nada se movió de su lugar, sólo tú y ese maldito avión sobrevolando el pueblo. Como los mirlos de las mañanas, que me acompañan cuando voy camino del trabajo y se posan ordenaditos en el cartel grande de la carretera. Y los miro todos iguales, negros como el oeste y me traen una certeza: la de mi vida. Mi vida sin ti. De lunes a domingo sin ti. Del uno al veintiocho sin ti.
Luego volví a casa y me las encontré a todas, a todas tus ausencias esperándome. Casi pidiéndome explicaciones. ¿Por qué no te las llevaste? Ahora no sé bien qué hacer con ellas. Se pelean para llamar mi atención. ¡Qué tontas! Como si no las viera una por una, desfilando ante mi nostalgia, asistiendo a mi tristeza. Lo que pasa es que no sé qué hacer con ellas. Y me vienen a la mente los versos del poeta: las podría ordenar por colores, por tamaños…No encuentro tus pies desnudos debajo de la mesa cuando me siento a comer. No estás en mi ir y venir del salón a la cocina. Mis caderas no se tropiezan con tus manos en el pasillo ni en las escaleras. No está tu sonrisa en el espejo cuando me ducho, detrás de las gotas de agua de la mampara. No me dejo amar con los ojos cerrados, para luego abrirlos y encontrarme con los tuyos, diciéndome que me amas hasta nuestro palo de mango. No te escucho abajo cuando estoy arriba. No está tu voz en las esquinas. El velador está vacío de libros, tuyos, o míos, o tuyos para mí, o míos para ti. En el suelo no hay más que suelo. Nada de ropa enredada, confundida, que no encuentro. Me falta tu olor en las sábanas, no está tu pecho en mi cara.
Tengo, amor, la casa llena de ausencias. Tal vez lo prefiera así. Sí, mejor que las dejases. Quizás las consiga ordenar, acostumbrarme a ellas. Tal vez acabe por necesitarlas. Me arrepiento de haberlas llamado tontas. Es posible que me hagan sentir menos sola, que me acompañen. Puedo cuidarlas con la devoción con que te cuidaría a ti.
Al fin y al cabo son tuyas, y es lo único tuyo que tengo.

viernes, 12 de febrero de 2010

De otras plumas...

El Negro Fontanarrosa
Aunque gran parte de la obra que dejó Roberto Fontanarrosa está plasmada en dibujos, yo siento que he encontrado entre sus cuentos claras pinceladas de un escritor de talento. Él decía que le importaba poco que se le reconociera más como un humorista gráfico que como un verdadero escritor. A mí me gusta imaginármelo en ese bar “El Cairo”, donde dicen que se sentaba a lo que él mismo titularía de forma literaria “la mesa de los galanes” a escribir y a conversar con los amigos: fuente de muchas historias. Me hace pensar en Cortázar acodado en la esquinita de un bistró de Paris mirando por la ventana y dejando fluir las palabras hasta su pluma prolífica. Y es que eso de sentarse a escribir en el rincón de un café con vidrieras que dan a calles por las que nunca dejan de pasar hombres y mujeres con semblantes y prisas y frío y maletines, siempre ha dado buen fruto. Habrá que dejarse llevar.

Ulpidio Vega
Ulpidio Vega, te nombro. Y de la apagada sombra de tu nombre rescato tu paso tardo por el empedrado desprolijo de Saladillo y la cierta fama de guapo sin doblez que te persiguió sumisa, como la silenciosa y tenaz fidelidad de un perro.
Quien te vio alguna vez por el Bajo, no te olvida. De callada mesura, sombrío el porte, mezquinabas palabras como si fueran monedas caras. Negros los ojos, en la negrura misma que sobre la frente escasa te tiraba encima el ala apenas curva de tu sombrero gris, tan conocido.
Ulpidio Vega, te nombro. Y de tu nombre exhala un aliento a kerosén barato, a bizcochito, a queso de rallar y vino tinto.
Aroma de almacén, de cambalache, que tuvo tu pobre viejo laburante por calle San Martín, casi en Tablada. Aroma a jabón pinche, a mate amargo, el mismo aquél que te alcanzaba la mano cordial de doña Cata, tu pobre vieja, que se cansó de mirar por la ventana.
Ulpidio Vega, te nombro. Y se santiguan las cuatro esquinas bravas de Ayolas y Convención, las que salieron tantas veces escrachadas en letra de molde, cuando algún fiambre aparecía tirado en esa encrucijada.
Rezan de apuro las jovatas de memoria larga al recordar tu estampa de figura fina, el caminar pesado, un gesto de disgusto en la cara aindiada y el cuerpo erguido por la faca que atrás, en la cintura, te entablillaba.
Por trabajar en el Swift te habían llamado "El Matarife de Saladillo".
¡Qué te iba a impresionar a vos la sangre, Ulpidio Vega! Si día a día degollabas animales y la cuchilla te era tan natural como un anillo, como un zarzo sencillo en el meñique.
Pero eran dos los Vegas, Juan y Ulpidio. "El Vega chico" le decían al otro, que también trabajó en el frigorífico.
Y por si fuera escaso el desmesurado coraje de Ulpidio en la pelea, el "Vega Chico" era también de púa veloz, y sin entrañas.
De negro los dos, siempre, aun de mañana.
Pero, como suele suceder en estas cosas, Ulpidio se metió con una mina que se levantó una noche de Carnaval en el Club Atlético Olegario Víctor Andrade. La mina era una reventada que hacía copas en el Panamerican Dancing, frente a Sunchales, y que ya le había borrado el estampadito floreado a las sábanas del Amenábar, de tanto frote. Pero una hembra que pasaba y dejaba el aire como embalsamado de perfume dulzón, y enardecido. Rosa se llamaba, y era justicia.
Ulpidio Vega, te nombro. Y no me equivoco. Como se equivocó esa noche fatal la mina aquella cuando por llamarte "Ulpidio", "Juan" te dijo.
¡Qué oscura mano de destino cabrón los puso frente a frente, Ulpidio Vega!
¡Vos y tu hermano, inseparables siempre, enfrentados por el cariño falaz de una perdida!
Tiempo estuvieron mordiéndose las ganas de agarrarse. De mirarse profundo, y sin palabras. De medirse con odio. Y de no hablarse. Todo el barrio sabía del bolonqui que rechinaba en los dientes de los Vega. Pero cuando más de una vez saltó la bronca, y la faca apareció brillando en ambas diestras, algo los amuraba al suelo y les clavaba la bronca a la vereda. Algo, que allá en la casa desde chicos les acariciara la frente, les planchara los lompa y les dejara los botines bien brillosos cuando se iban de milonga a Central Córdoba. Algo. La vieja.
"Si no te mato", se lo dijo bien clarito Ulpidio a Juan, "sólo es por ella". "Si no te enfrío", le contestaba Juan, que no era lerdo, "es por la vieja".
Y así andaban los dos, encajetados, sin poder ni dormir, más que hechos bolsa. Y encima la reventada de la Rosa les metía la cizaña de su labio, de sus promesas vanas, de sus mañas.
Y no se pudo más. Aquella noche Ulpidio y Juan llegaron puntualmente hasta el campito. Era un potrero de pura tierra y matorrales que los mocosos usaban para jugar al fulbo. Pero esa noche había luna. Y no era un juego.
Ulpidio peló una faca que tenía este largo. ¡Uy Dio, cómo brillaba la plata de la luna sobre el filo helado del acero!
Y Juan, Juan peló también tremenda púa que de verla nomás, te entraba miedo.
"¡Venite!"
"¡Vení vos!", se supo después que se dijeron. Y fue cuando llegó doña Cata hasta el campito, de pálido rostro, ojos sufridos, de manos apretadas y pañuelo negro. Nunca se supo quién le pasó el dato. Tal vez fue esa mágica intuición de madre la que la llevó hasta allí en ese momento.
No se oyó de su boca una palabra. Y tampoco en sus ojos lágrimas se vieron. Pero eso sí, sus manos agrietadas de lavar ropa ajena en el invierno, dibujaron en el aire asustado de la noche, un gesto: se agachó, se sacó una zapatilla y lo demás, frate mío, ni te cuento.
A Juancito lo fajó hasta en el cogote, le deformó la sabiola a chancletazos, y le sacudió tantos palos por el lomo que lo dejó mormoso al pobrecito. Contaban los vecinos que lo oyeron, que tirado en el suelo, Juan rogaba y a la vieja pedía perdón a gritos.
A Ulpidio, de las crenchas lo cazó la vieja aquella, y le arruinó la jeta a chancletazos porque le pegó media hora, de corrido.

sábado, 16 de enero de 2010

Rituales

Lucas mira a través del cristal de la puerta de la calle y ve a su madre alejarse en la Transit blanca con la que su padre reparte pan de madrugada. No mueve un pelo. Tiene el abrigo puesto, la mochila en la espalda, la cabeza despeinada y los ojos pegados a los movimientos de ella. Le han dado carta blanca para quedarse ahí parado unos segundos todos los días. “Hasta que me pierda de vista por completo” le pidió su madre a la cuidadora de la guardería.
—Déjele, total es un minuto. Una manía. Me quiere ver hasta el último instante. Ya sabe, como un ritual.
Después le arriarán para dentro: que se quite el abrigo, que no moleste a los pequeños, que a desayunar y a lavarse las manos y a dejar la silla colocada…hasta que salga la ruta.
Son las siete de la mañana. Pura noche: el cielo está tapado de nubes y sopla un viento bajo y helado. En Madrid las clases empiezan a las nueve y media, pero en el cole de Wafaa hay servicio de desayuno. Ella sube la cuesta arrastrada por la mano de su madre. Se mira los pies y ríe sin hacer ruido porque le patinan hacia fuera con el hielo y sus rodillas chocan entre sí. Su progenitora, al sentir el juego, gruñe y le da un tirón del brazo. Pero el brillo hosco de sus ojos, arropados por la sombra del hijab, le transmite a la niña una seguridad que difícilmente podría explicar con su español parco. Al llegar a la esquina sabe que es el momento. Después, cuando la suelte del otro lado de la verja que rodea el colegio, no habrá besos ni abrazos. La mujer no volverá la cabeza—envuelta hoy en una tela gris que parece el reflejo del cielo— para decirle adiós. Wafaa le aprieta la mano tres veces con fuerza. Como si quisiera bombear agua o hacer morse. Son tres veces consecutivas, aún a riesgo de castigo. Tres veces separadas por tres segundos. A Wafaa le gusta el número tres y adora que en clase alguien le pregunte cuál es su número favorito, porque en general nadie le hace preguntas.
Parece que la noche toca a su fin en Lavapiés. El barrio se despereza como un gato y algunos coches desfilan con lentitud como luciérnagas con el papel aprendido. Una furgoneta sale de un garaje lejano y en la acera de la calle del Amparo, tose el motor de un R-5 trasnochado justo frente del portal número 7. En el segundo piso Orlando revisa su mochila. A esas horas mira sin ver, para que cuando su hermano mayor le pregunte en el quicio de la puerta—a punto de salir camino del colegio—, el niño pueda decir sin mentiras que sí, me fijé y llevo todo. Pero sólo le interesa mirar por la ventana, echar a un lado las cortinas y ver la luna encaramada en lo alto de los edificios que se amontonan alrededor de ese en el que ellos viven. De todos modos, piensa, es la misma luna en todas partes. La misma que mira Valery desde Chiclayo y la misma que busca su madre por las vidrieras de la fábrica. Primero le guiña un ojo—sin controlar del todo el otro que se le queda medio cerrado—, después le dice: “sí, seré juicioso mami”, y por último le lanza un beso que vuela por la rendija de la ventana abierta.
El viento que se ha levantado al compás del sol se lo lleva lejos, viaja alto, por encima de las antenas de las casas. Avanza saltándose los semáforos en rojo y despabilando a las farolas. Juega porque es un beso de niño: se deja caer en picado y hace un luping en el moño de una señora que acaba de salir de un portal. Remonta el vuelo y busca el rastro de su destino a lo largo de la M-30 que discurre hacia el sur todavía limpia de atascos. Orlando le imprime velocidad como en los vuelos de sus sueños hasta alcanzar la torre más alta de la fábrica de cerveza que se despliega, antigua, junto al río.
Más abajo, las alarmas de los relojes, móviles, radios y servicios de habitaciones se ponen de acuerdo para despertar a la ciudad.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Vuelos de mariposa...

La tormenta
La primera vez que escuché esta canción no sonaba en francés. Fue en el Café Libertad, de la mano de mi amigo y cantautor: Osvaldo Ciccioli. El me descubrió (ahora lo sé) mucha música valiosa de la que nunca me he podido desprender. Incluida la suya propia. Entonces —nunca le pregunté— lo único que supe fue que evocaba a Krahe cuando cantaba La tormenta. Y a mí me parecía un tema tan tierno y ocurrente, que siempre que iba a escuchar a Chicho, le pedía que lo cantase. No hace mucho me confesó que aquella de Javier Krahe, solo era una magnífica traducción de L’orage de Georges Brassens. Para mí todo un desconocido. Sin embargo, recientemente rastreamos una nota de prensa escrita en los años 80 por Gabriel García Márquez, en la que hablaba del cantautor francés con motivo de su muerte reciente. En ella contaba, que en el curso de una charla literaria, alguien le había preguntado, quién era para él el mejor poeta actual de Francia. Gabo contestó sin vacilación: Georges Brassens. Para ser sincera no he profundizado demasiado en su obra, pero esa imagen suya cantando La tormenta en su idioma natal, me hace pensarlo tal y como lo describió Gabo, la única vez que lo vio en persona: “…parecía un tramoyista extraviado, con sus enormes bigotes de turco, su pelo alborotado y unos zapatos deplorables. Un oso tierno, con los ojos más tristes que he visto nunca, y un instinto poético que no se detenía ante nada”. Me quedo con ese instinto poético, que sin duda, emana de su voz de una forma irresistible.

Canción: traducción de Javier Krahe; voz de Alberto Pérez
Vídeo: versión original de Georges Brassens



domingo, 29 de noviembre de 2009

De otras plumas...

Ignacio Cisneros Aísa
Ya habíamos presentado a nuestro amigo Ignacio Cisneros en este espacio. Hoy traemos un relato de su reciente libro, El grito del gato y queremos anotar una vez más que a pesar de su modestia de sostener que no sabe escribir, nos sigue alegrando con sus anécdotas pícaras que son tan interesantes cuando las narra de viva voz como cuando las escribe. Su prosa está provista de un idioma sencillo y ahí está también su gran valor, porque escribir bien y sencillo, no es fácil.

Y DESPUÉS DE LA SAMBA
El vuelo de Varig de Madrid a Río de Janeiro estaba a punto de aterrizar. Había amanecido hacía muy poco tiempo y la voz de la azafata anunciando la llegada terminó con la última cabezada que pude dar durante las diez horas que duró el trayecto. Mi viaje estaba relacionado con los campeonatos mundiales de fútbol que se iban a celebrar en España al año siguiente —1982—. Consideré que podría ser una buena oportunidad para que la empresa incrementase la venta de nuestros automóviles con placa turística a los muchos “indianos”, sobre todo a los de procedencia asturiana, que residían en países de Sudamérica. Por ello, decidí desplazarme a Buenos Aires, Caracas, México DF y Santo Domingo, con objeto de visitar a varios de nuestros mejores clientes y conseguir su apoyo para encontrar colaboradores que, mediante el cobro de una comisión importante, nos ayudasen a realizar ventas a personas de origen español que tuviesen proyectado viajar a España durante el mencionado campeonato.
Cuando fui a la agencia de viajes de Oviedo para organizar y comprar el viaje completo, la señorita que me atendió me recomendó que antes de ir a Buenas Aires —la primera ciudad que yo tenía pensado visitar— hiciese una escala de dos días en Rio de Janeiro, donde se iban a celebrar los carnavales durante las fechas en las que yo tenía proyectado viajar. Según ella, valía la pena. La verdad es que me convenció enseguida. Soy así de facilón.
Descendí del avión, todavía vestido con ropa de invierno —en el mes de febrero en Madrid hace frío—. Cogí un taxi que me llevó al hotel Otton Palace, situado en la playa de Copacabana. Subí a mi habitación, me metí en la cama y me dormí enseguida. Desperté a mitad de mañana, me vestí con ropa de verano —pantalón blanco y camiseta azul marino, zapatos blancos sin calcetines y, por supuesto, con gafas oscuras para protegerme del sol intenso del verano brasileño— y salí a la calle. Hacía calor. El termómetro marcaba 36º. El sol era radiante y la playa estaba llena de bañistas. Después de dar un paseo me senté en un velador de una terraza próxima a la playa. Pedí una cerveza bien fría y cuando me la estaba tomando me fijé en los ocupantes de otra mesa no muy lejana de la mía. Eran tres. Como es lógico, no conocía a los dos a los que podía verles la cara. Sin embargo, el que estaba totalmente de espaldas a mí tenía un cogote que inmediatamente me recordó al de Juan Juncosa, mi colega de Barcelona. El mismo pelo gris rizado, peinado de manera muy hábil hacia delante, supongo que para tapar alguna zona de su cabeza más despoblada de cabello. En cualquier caso, aquello me pareció una casualidad, sin más. Pero cuando se levantaron para irse, pude comprobar que el hombre que tenía el cogote igual que el de Juan era Juan Juncosa. No había ninguna duda. Le llamé y cuando me vio se quedó muy sorprendido. Nos dimos un abrazo fuerte. Le expliqué la razón por la que me encontraba en Río y se alegró mucho de la coincidencia. Después me presentó a sus dos amigos: uno era de Andorra, hijo de un hermano de Paco Martínez Soria, y el otro era un asturiano que se apellidaba Pillo, vivía en Brasil hacía ya bastantes años, y tenía una agencia de viajes. Según me contó Juan, trabajaba mucho para portugueses emigrantes que residían en Brasil. También organizaba espectáculos de conjuntos brasileiros de folklore típico que enviaba a realizar giras por el mundo, sobre todo a Europa. Precisamente, durante los carnavales tenía montada en planta doce del mismo hotel en el que estaba yo alojado una sala-oficina VIP para atender a clientes y amigos. Según me contó Juan, me convenía darme una vuelta por allí porque siempre había mucha animación y me gustaría tomarme una caipiriña mientras contemplaba a las mulatas más guapas de Río que formaban parte del grupo que Pillo tenía contratado y que, por su espectacular belleza, eran las que abrirían el desfile de las escuelas de danza en el Sambódromo la última noche de carnaval. Ellos se despidieron y Juan me invitó a comer.
Nos desplazamos hasta el hotel Río Palace para recoger a Elga, la mujer de Juan —una berlinesa muy guapa—, que se quedó muy sorprendida cuando me vio por aquellas tierras. Comimos en la terraza del hotel, muy cerca de la piscina. Era una delicia contemplar a las camareras, casi todas mulatas, muy ligeras de ropa, que se desplazaban al ritmo de la samba que, una tras otra, sonaba por la megafonía.
Juan me comentó que había quedado con Elmar Weber para ir al día siguiente a dar un paseo por la bahía en un yate de Mercedes-Benz. Weber había sido el consejero comercial de la marca en España. Hacía poco tiempo que había sido nombrado para ocupar el mismo cargo en Brasil, en donde Mercedes tenía una fábrica de camiones. Después de permanecer un par de horas de sobremesa, me despedí del matrimonio hasta el día siguiente por la noche.
Sin embargo, cuando fui a mi hotel a dormir, tenía un mensaje de Weber. Se había enterado por Juan de mi presencia en Río y me invitaba a la excursión en barco. Me recogería un coche de la empresa a las diez de la de mañana del día siguiente. Efectivamente, a la hora indicada, un Mercedes 500SE de color negro me esperaba delante de la puerta del hotel. Un chofer de cierta edad, uniformado, me sonrío cuando me dirigí al vehículo; me abrió la puerta trasera del mismo y nos dirigimos al Río Palace, también situado en Copacabana. Recogimos al matrimonio Juncosa y nos desplazamos hasta el puerto deportivo. Aunque el tráfico por las calles de la ciudad era muy intenso, nuestro conductor conocía bien todas las triquiñuelas —entre las que destacaba un respeto dudoso a los colores de las luces de los semáforos—, y llegamos enseguida al muelle en el que estaba atracado uno de los dos yates que la multinacional tenía en la ciudad. La fábrica de camiones estaba en Sao Paulo y la empresa disponía de dos jets, no muy grandes, que los directivos utilizaban también para desplazarse a Río los fines de semana. Nos apeamos del coche y nos acercamos a la escalerilla del yate. No era muy grande, pero sí muy bonito.
Antes de subir a bordo, nos saludó Karlsten Weingarten, director general de la fábrica de Sao Paulo y antiguo director de las de Vitoria y Barcelona. Me dio la bienvenida con una sonrisa amplia y un abrazo efusivo. Nos conocíamos bien desde su estancia en España y nuestras relaciones habían sido siempre muy cordiales. Iba vestido todo de blanco y sobre su cabeza lucía una gorra de capitán de barco.
—¡Cuánto me alegra volver a verte! —me dijo.
—Yo también, amigo Karlsten. Estoy muy contento por este reencuentro inesperado.
Después de un rato de conversación, nos deseó buen día y se subió a un velero muy moderno que estaba amarrado cerca de allí. Siempre había sido aficionado a la vela, y cuando vivía en Vitoria navegaba por el pantano que hay cerca de la ciudad.
Nosotros subimos al yate en el que nos esperaba Weber y Claudine, su mujer. Tan pronto como estuvimos a bordo, el barco se puso en marcha. El paseo por la bahía de Río fue precioso. Valió la pena. Al principio, fuimos bordeando la costa y disfrutando de las inigualables vistas de la ciudad más bonita del mundo: El Pan de Azúcar, El Corcovado con su Cristo Redentor, las playas de Ipanema, Copacabana… Después nos dirigimos mar adentro y, cuando llevábamos un buen rato navegando y ya no había nadie alrededor, se paró la embarcación para que nos pudiéramos bañar. Descendimos por la escalerilla y nos metimos al agua. La temperatura de la misma era ideal, y como el mar estaba muy tranquilo, aprovechamos para nadar durante bastante tiempo. Disfrutamos mucho. Llegó un momento en el que consideramos que era prudente regresar y así lo hicimos. Cuando llegamos al barco y subimos a cubierta, dos marineros nos esperaban con toallas para que nos secásemos. Nos pusimos ropa seca y nos reunimos en la borda en la que teníamos preparado un aperitivo. Se nos pasó el tiempo muy deprisa, hasta que un camarero vino a comunicarnos que podíamos pasar a comer. Nos fuimos todos al comedor y nos sentamos a la mesa.
La comida fue estupenda: grandes fuentes de camarones, varios pescados, roastbeef, frutas tropicales y dulces. Bebimos vino blanco bien frío, vino tinto francés y champagne. Con el café tomamos algún licor. La alegría que suele producir el alcohol se notó pronto, y la conversación se hizo cada vez más ruidosa y animada.
Sobre las cinco de la tarde, regresamos a tierra. Descendimos del barco y el mismo coche que nos había traído nos llevó a nuestros hoteles. Nos despedimos hasta las nueve de la noche. Juan había conseguido a través de su amigo Pillo reservar una mesa para cenar, ver el espectáculo y bailar en un club privado muy importante. Lo íbamos a pasar muy bien, porque además allí iban a actuar alguna de aquellas mulatas tan guapas que formaban el grupo que administraba Pillo.
A las nueve menos diez, arreglado con mis mejores ropas, esperaba en el bar del hotel a que pasasen a recogerme, mientras me tomaba una caipiriña. Apareció Juan, me levanté y salí en su compañía hasta el taxi en el que nos esperaba Helga. Arrancamos y nos dirigimos hacia el restaurante elegido. Las calles de la ciudad a aquellas horas de la noche estaban llenas de gente alegre que, vestida con las fantasías típicas de los carnavales, no dejaban de cantar y bailar sambas y más sambas. Aquello era una locura colectiva que impresionaba a cualquier persona que como yo contemplara aquel espectáculo por primera vez. Juan, que llevaba ya veinte años acudiendo a los carnavales de Río, me iba explicando cómo funcionaban las escolas de samba, y cuánto trabajaban sus miembros durante todo el año para ensayar, hacer vestidos, componer canciones nuevas y realizar otros muchos preparativos.
Llegamos a nuestro destino y descendimos del taxi delante de una puerta de buen tamaño, hecha de madera sólida, que estaba cerrada a cal y canto. Juan llamó con el aldabón y se abrió un ventano pequeño que había en el centro del portón por el que asomó la cabeza un hombre de raza negra. Al vernos, abrió la puerta y, después de que entrásemos en el local, nos acompañó a una mesa en la que ya estaban sentados el matrimonio Pillo. Cenamos muy bien y bebimos mejor. El ambiente que reinaba en aquel local era magnífico. Yo no conocía a nadie, pero supuse que los asistentes a aquella cena eran gente importante. La verdad es que sí conocí a una persona y fue después, en el baile, cuando Sara —una de las bailarinas— estaba intentando enseñarme a bailar una samba. Vi a una pareja que bailaba al lado nuestro y conocí al caballero: se trataba de Pelé. Después me lo presentaron y me preguntó que si yo era del Real Madrid.
A pesar del interés que mostró Sara y otras compañeras suyas para que yo aprendiera a bailar la samba con ese ritmo tan especial que le dan los brasileros, no conseguí más que una imitación patosa de la danza, pero lo intenté con interés y me divertí mucho. Estuvimos bailando y bebiendo champán francés hasta que se hizo de día. Regresamos a los hoteles, entré en mi habitación y como proyectaba dormir varias horas, pensé que antes debía comer algo. Llamé al servicio de habitaciones y pedí que me trajeran un vaso de leche fría y una tostada con mantequilla y mermelada. Mientras traían el desayuno, encendí la televisión. La primera imagen que contemplé fue la de un guardia civil que lucía un hermoso bigote negro; llevaba el tricornio puesto y esgrimía una pistola en su mano derecha. Con cara de pocos amigos y en un castellano perfecto gritó: «Quieto todo el mundo ». Enseguida, aparecieron varios guardias más que cubrían sus cabezas con gorras y que llevaban metralletas. De repente sonaron disparos y pensé: «Película española». Sin embargo, después de esta escena, una presentadora apareció en la pantalla y , aunque hablaba en portugués, pude en tender que en Madrid, algunos militares habían dado un golpe de estado y que la Guardia Civil había tomado el Congreso de lo Diputados.
Cogí el teléfono y llamé a mi mujer. Me contó lo que había pasado, pero cuando le dije que suspendía mi viaje de trabajo y que volvía a casa, ella me contestó:
—No, ya está todo tranquilo y no pasa nada. Ayer, sí me asusté mucho cuando me llamó tu hermano desde Valencia y me dijo que no saliésemos de casa porque allí estaban los tanques por las calles. Pero parece que la situación está controlada, así es que no te preocupes por nosotros y continúa con tu viaje de trabajo.
Aquello me tranquilizó, pero cuando colgué el teléfono pensé que aquel 23 de febrero no había sido igual para todos.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Habitación 121

Tenemos una habitación. De martes a domingo nadie la habita. Tiene una cama amplia, con sábanas limpias que esperan. Una mesita de luz con un cajón vacío. Hay un velador de pantalla coral con una quemadura redonda que se difumina del negro al castaño. Una pintura de margaritas apagadas en la pared, con un marco estrechísimo, casi imperceptible y una alfombra cremosa a los pies de la cama. Frente a ella una sola ventana es la puerta de un balcón de corte antiguo. Está vestido con cortinas finas y blancas que apenas disimulan el patio que se hunde doce pisos más abajo. La luz llega tenue a las estancias como un coladero del cielo lejano. Es imaginable que muchas otras habitaciones den a ese espacio ciego, entre cuatro paredes, adornado con cactus rechonchos cubiertos de pinchos amarillos. Sobreviven en el ambiente artificial de una urna de vidrio cuadrada. Podríamos suponer que si un huésped se asoma de martes a domingo no se sentirá tan solo al comprobar que hay seres vivos habitando el suelo del patio. Los lunes es difícil para mí imaginarme nada. Tenemos una habitación. De martes a domingo no es nuestra, pero nadie la ocupa gracias a la habilidad de él para convencer al encargado y que no se la alquile a otros. O tal vez sea gracias a su dinero. O quizás una mezcla de las dos cosas. Los lunes la habitación es nuestra. Tenemos una habitación que los lunes nos tiene a nosotros. Y cuando él y yo cruzamos el umbral de la puerta, cada uno por su lado, con nuestra ropa de trabajo y nos miramos y nos despojamos del reloj, de los pendientes, de los móviles, de los zapatos, la habitación se convierte en un barco. La proa apunta valiente hacia el balcón, que se abre por arte de sus manos y la brisa entra sin tapujos. Las cortinas son medusas que ondean como velas rebeldes. La luz se hace intensa y trae olores dulces del jazmín mediterráneo que se confunden con el almíbar guardado en algún lugar de nuestros cuerpos. Y ya desnudos puedo asegurar que volamos. Cortamos olas, amarramos pierna con pierna, lengua con lengua, largamos velas, nos atrevemos con cualquier viento. A veces, durante la noche, la lluvia nos despierta. Sentimos que cae sobre la tierra. Hemos llegado a un puerto. Nos levantamos con la piel tibia como la sangre y nos asomamos al balcón. De la mano vemos las gotas aplastarse sobre la arena caliente de una playa, las escuchamos salpicar las calles de un pequeño pueblo azulado que crece alrededor. Nos dejamos embriagar por el vapor cálido que asciende hasta la batayola del balcón de nuestra habitación.
Más tarde la noche culmina y deja de ser lunes. Tenemos una habitación que siempre abandono yo primero. Entro en el ascensor e intento no verme en el espejo que se empeña en devolverme una imagen demasiado parecida a la de la noche pasada. Justo a esa hora cambian el turno en la recepción. Es fácil. Sólo hay que ser puntual. Para ellos yo no he estado nunca. Sólo él y su capricho de conservar la 121. Cruzo el vestíbulo a paso rápido y salgo a la calle. Los pájaros empiezan a cantar, pero se confunden con el vuelo de los aviones que cruzan intermitentes el horizonte. La nacional dos va cargada de coches. Miro a los lados buscando el mío aparcado en la acera. Durante un instante observo los restaurantes de carretera, las parrillas, las marisquerías fuera de lugar, apagadas. Entro en el vehículo sin quitarme el abrigo. Hace frío. Me cuesta unos minutos arrancar, pero finalmente lo pongo en marcha y salgo a la nacional dos. En mi cabeza persiste la idea: tenemos una habitación. De martes a domingo nadie la habita. Tiene una cama amplia, con sábanas limpias que esperan.

sábado, 10 de octubre de 2009

Vuelos de mariposa...

La Cruz del Sur
Si no fuera porque he mirado con mis propios ojos su cielo nocturno de verano, diría que en Buenos Aires es como en mi ciudad, que “las estrellas se olvidan de salir”. Pero en el Gran Buenos Aires también hay barrios, y campos que se quedan quietos por la noche. Entonces no sé si es la sed o qué, lo que te hace alzar la cabeza, y darte cuenta con tu corazón del norte que la configuración del cielo no es la que conoces. Un perro ladra a lo lejos, y eso no tendría nada de particular, si no fuera porque caminando por las calles porteñas, escuchando el ruido de tus botas contra el piso, aparecen como luciérnagas los almacenes dormilones, con el mostrador repleto de alfajores Jorgelin y empanadas haciéndose en el horno. Y el perfume de la yerba “temblando en la piel del aire”. Entonces es casi imposible no acordarse de Cortázar y buscarla y encontrarla sin dificultad. La Cruz del Sur. Yo a veces también la extraño.

Vos ves la Cruz del Sur
y respirás el verano con su olor a duraznos
y caminás de noche mi pequeño fantasma silencioso
por ese Buenos Aires, por ese siempre mismo Buenos Aires.

Extraño la Cruz del Sur
cuando la sed me hace alzar la cabeza
para beber tu vino negro, rnedianoche.
Y extraño las esquinas con almacenes dormilones
donde el perfumo de la yerba
tiemble en la piel del aire.

Extraño tu voz,
tu caminar conmigo por la ciudad.
Comprender que eso está siempre allá
como un bolsillo donde a cada rato
la mano busca una moneda, el peine, llaves,
la mano infatigable de una oscura memoria
que recuenta sus muertos.

La Cruz del Sur, el mate amargo
y las voces de amigos
usándose con otros.
Me duele un tiempo amargo
Ileno de perros y desgracia
la agazapada convicción de que volver es vano.

Comprender que un mar es más que un mar,
que la muerte se viste de distancia
para llegar de a poco, lenta, interminable,
como una melodía que se resuelve al fin
en humo de silencio.
Extraño ese callejón
que se perdía en el campo y el cielo
con sauces y caballos y algo como un sueño.
Y me duelen los nombres de que cada cosa
que hoy me falta,
como me duele estar tan lejos
de tu caricias y de tus labios.

Extraño tu voz
tu caminar
conmigo por la ciudad.

Letra de Julio Cortázar
Música de Edgardo Cantón
Interpretado por Juan Cedrón


sábado, 3 de octubre de 2009

De otras plumas...

Gonzalo Arango
(1931-1976, Andes, Antioquia)
Poeta y escritor, fue el principal protagonista del grupo poético de los nadaístas.
El Nadaísmo tuvo dos etapas, el Nadaísmo rebelde y el nadaísmo de la nueva era donde escribe su famoso poema Revolución (Manos unidas)
Una mano
más una mano
no son dos manos;
son manos unidas.
Une tu mano
a nuestras manos
para que el mundo no esté
en pocas manos
sino en todas las manos.
El nadaísmo es un movimiento literario colombiano que se desarrolló durante el período 1950-1964 en la ciudad de Medellín, capital del departamento de Antioquia; fue un movimiento con rasgos contraculturales.
Su poesía y prosa irrumpe para ofrecer un cambio, una revolución en la literatura. El nadaísmo se alimenta de las contradicciones.

Para leer más de su vida y obra: Gonzalo Arango


Poema a mi sobrenada

el sobretodo es mi mejor amigo
bebemos vino de consagrar en los viñedos
y nos emborrachamos,
compartimos el amor con las mujeres.
mi sobretodo es sensual y seductor.
en la cárcel era un colchón
en los prostíbulos era un refugio
con las manos hundidas en los bolsillos
que me salvaba del naufragio de los besos baratos.
en el invierno me defendía de la lluvia
y en el verano era una sombra luminosa.
mi sobretodo era una incitación voluptuosa a la pereza,
al calor, al heroísmo, al amor, al invierno.
en los momentos de peligro me hacía pasar por detective
y me daba un aire respetable de gran señor del hampa.
mi cuerpo se pierde en él cuando me persiguen,
en mi buena época del parlamento él hablaba por mí:
silencioso
tímido
elocuente.
ha sido una bella disculpa
para eludir serias responsabilidades históricas.
mi sobretodo es a veces el lecho del amor
en los sitios despoblados de la ciudad
tiene un oculto sabor de pecado prohibido.
mi sobretodo es un gran honor.
tiene más historia que una alfombra mágica.
yo lo consagro como el receptáculo privilegiado
donde algunas mujeres tendieron su columna vertebral
completamente desnudas
de cara al sol o a la noche.
mi sobretodo es testigo de la ternura y el terror.
fue acariciado por manos sofocadas de mujer
y desgarrado por puñales de odio.
mi sobretodo tiene quemaduras de tabaco
y huellas de disparos asesinos
y marcas sospechosas de labios rojos.
yo lo empeño por 8 pesos en los momentos de apuro,
mi sobretodo está saturado de sudor animal
tiene residuos de manchas de sangre y aceite…
sonidos vegetales.
cuando no llueve y hace calor me lo quito
me hundo en la noche oscura y mojada
o me hundo en el día lleno de sol, seco.
mi sobretodo es humano y feo
y todos los domingos guarda en sus bolsillos
la angustia de la semana.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Epitafio de Septiembre

“Y la vida siguió como siguen las cosas
que no tienen mucho sentido”
Joaquín Sabina


Hoy es diez de septiembre. Todavía no he abierto los ojos pero intuyo que todos duermen. Desde fuera me llega el suave sonido del agua batiendo contra el casco; ninguna voz ni susurro en el interior de los camarotes. Es temprano, lo sé porque siento el estómago revuelto y por la luz débil que se cuela por la claraboya cuadrada del techo de la cabina. Debe de ser la costumbre de madrugar la que me saca del sueño o tal vez los nervios. También escucho entre el silencio matutino el tintín de las jarcias que como dice Bolaño, nunca falta en un puerto mediterráneo. No importa que en apariencia no sople el viento, las jarcias siempre tintinean.
Me da pereza salir del saco. Prefiero alargar un poco este momento, un instante que todavía es mío antes de que se desate el día y todo suceda irremediablemente. Un final que ninguno de los que estamos aquí hubiera deseado. Recorro la cabina con la vista. Yo he dormido en el sillón de la banda derecha del Beneteau que alquilamos ayer en el puerto de Moraira. El más largo, detrás de la mesa central del salón. Sobre la mesa hay un sobre con fotos. También hay un sombrero con una cinta azul que dice Nein. Aunque no lo supiera ya, igual me parecería el nombre de un barco, me digo, mientras recuerdo el día que los compramos en una tienda de Sant Antoni: los chicos sombrero y las chicas un pañuelo de pirata. Anoche no tuve ganas de armar la cama y sólo estiré mi saco sobre los cojines. La última vez que navegamos con Gonzalo fue igual. A él también le daba pereza. Era tarde, como ayer. Ese día estuvimos jugando todos a los dados, tomando ron de una botella de Capitan Morgan que casi acabamos. Los chicos se fueron a dormir. Nosotros dos, despejados y sin pareja, nos quedamos hablando un rato en el comedor. Nunca pedíamos camarote. Cuando el sueño no nos dejaba hablar nos metíamos en el saco, cerrábamos los ojos y el silencio inundaba el barco.
—¿Montamos las camas?, le dije esa vez.
Él sonrió,”No, mejor nos jugamos el sofá largo a los dados”. Desde luego me ganó. Era muy listo con los dados; jugando al mentiroso. Pero me dejó dormir a mí.
En esta singladura lo único material de Gonzalo que llevamos son las fotos y el sombrero.
Poco a poco me espabilo. Ya me van entrando ganas de levantarme y hacer café. Que sea el olor del café el que le dé los buenos días a los demás. Hoy habrá pocas palabras. Nos hemos dicho poco los últimos cuatro días, lo suficiente para organizarnos cuando se me ocurrió la idea de venir después de que mi hermano me diera la noticia. Una llamada suya en mi móvil. No iba a cogerlo. Estaba a punto de comenzar una reunión importante en un hotel cerca del aeropuerto. Ya le llamaré más tarde, pensé. Pero lo cogí. Y sus palabras cayeron como piedras. Me ha llamado David para decirme que…, y aquí hizo una pausa larga. Que Gonzalo ha fallecido. Fallecido. Sonaba como si no diciendo “muerto” quisiera quitarle gravedad. Al principio pensé que se refería a otra persona; a alguien que yo no conocía. A alguien más viejo, a un familiar lejano que son los que se suelen morir y no el amigo de uno con treinta años. Gonzalo era cómo esas aves migratorias: desaparecía durante meses, y cuando menos te lo esperabas, sonaba el móvil. Aparecía en la pantalla: “G”, y te sorprendía al otro lado con su alegría. Siempre lista para compartir. Como un conjuro, probé a preguntarle a mi hermano que qué Gonzalo. No recuerdo qué me contestó.
Parece que el barco se mueve. Tal vez algún vecino del velero al que nos hemos abarloado haya salido a la cubierta y sus pisadas se sienten en el nuestro. Anoche llegamos tarde después de navegar costeando desde Altea y no había puntos de amarre libres. Fuimos a cenar y de ahí directos a dormir. No quisimos pasear por el pueblo antes de volver como hubiéramos hecho siempre. Cómo aquella última vez que de algún modo queríamos rememorar, cuando nos quedamos en La Cucaracha tomando tequilas. Gonzalo había llegado el último desde Madrid, nosotros ya estábamos pensando en ir a descansar, pero no hubo forma. Siempre nos convencía.
Corro la cremallera del saco y salgo. Ni siquiera he estibado mis cosas. De todos modos no voy a estorbar a nadie, porque los otros se han acomodado ya en sus camarotes y afuera estoy sola. En total hemos venido siete. Me pongo los pantalones y sin lavarme los ojos, quito la puerta del tambucho y salgo a la bañera. Afuera el cielo está despejado y brillante; el sol me calienta la cara, los brazos. Alrededor los barcos duermen todavía. Pero las jarcias no, las jarcias entonan su canción, la de siempre. Es posible que la luz que se cuela en la cabina a sus anchas y el sonido de los palos ayude a que mis amigos despierten. De repente tengo ganas de que salgan, de tenerlos cerca, de hablar un poco. Tal vez ni siquiera estén durmiendo.
Pienso en el día después de la llamada. Alguien me mandó por email una reseña del Heraldo de Aragón, donde hablaba de la desaparición de Gonzalo. Aún no sé por qué la leí, y después entré en internet, y busqué más detalles. Más palabras que me ayudaran a reconstruir ese momento. Quería saber pero no me atrevía a preguntar a nuestros amigos comunes. Necesitaba una explicación fría sin mirar a nadie a los ojos, sin escuchar una voz conocida. Cómo si de esa forma pudiera acercarme a él en ese instante incomprensible. Como si así pudiera darle a Gonzalo un poco de abrigo, extender la mano y acariciarle la cara, en medio de esa soledad profunda que debe de ser enfrentarse a la muerte. Encontré lo que quería: “G.C.A. El joven montañero de 33 años resultó muerto...” Lo leí más de una vez. Quizás cuatro o cinco. Traté de imaginarlo en la cima del Pico Perdiguero. Acomodándose las gafas, con esa sonrisa dulcísima, casi de niño, el pecho agitado y las manos huesudas haciendo de visera para localizar el Monte Perdido y más allá el perfil solemne del Aneto. Me lo imaginé satisfecho y feliz. Y quise como quisiera ahora quedarme ahí. No avanzar, momento a momento, hasta tropezarme con la caída. Con el vacío, con la nada.

Unas horas después estamos navegando con las dos velas izadas. La mayor se afloja, y David me pregunta si desde ahí veo cómo están los catavientos.
—Los de la génova diez puntos—le digo con todo el cariño que se puede decir algo así.
Mi hermano, que está a la caña, abre un poco el rumbo, y deja caer el barco a babor. Ahora se inflan las dos. Los siete estamos repartidos por la cubierta. No hablamos. Los silencios son muy habituales cuando navegas. Es mejor escuchar. Ver. Creo que a ellos también les relaja lo único que podemos oír. El viento es flojo, pero llevamos una buena marcha. Las olas rompen contra las amuras de proa. Las gaviotas reidoras gritan a lo lejos y el palo mayor se queja cuando se tensa en cada cabeceo.
Los recuerdos llegan como una liturgia. Un día, costeando a pocas millas de donde estamos ahora, Gonzalo estaba recostado sobre un obenque del palo mayor. A su espalda se metía el sol cerca del Cabo San Antonio dejando esos arreboles que te hacen contener la respiración de lo hermosos. Hacía mala mar, el barco daba pantocazos y yo veía a Gonzalo haciendo equilibrios y llovíéndole rociones que le dejaban la cara empapada. Yo estaba apoyada en el palo y veía que teníamos que volver a la bañera porque la maniobra era inminente. Me hablaba del parecido entre el mar y la montaña. Hacía mucho que era montañero. Las gotas saladas le resbalaban por la nariz. Y quise imaginar que su piel cuando subía a los Pirineos se erizaría de la misma forma que aquel día. Me preocupé porque se estaba mojando, pero me dijo feliz, No, si me gusta, y allí seguimos un rato. Entonces alguien se despistó con el timón y el barco viró por barlovento de forma brusca. La trasluchada fue inevitable y yo me tuve que sujetar para que no me golpease la botavara. Cuando se completó la maniobra entre gritos y la Génova cambió totalmente de lado no vi a Gonzalo por ningún sitio. Se había caído al agua. Hicimos el rescate con mucha serenidad y el único que no se asustó ni un poquito fue él. Luego, mientras se secaba en la cabina y le reñíamos por no estar atento, me contó en voz baja que le gustaría viajar dentro de un tsunami. Que no le importaría irse al otro barrio en un viaje de esos. Yo le dije que estaba loco, pero lo quise mucho por contarme algo así. Gonzalo siempre buscaba su vis a vis particular con la naturaleza, aunque a veces fuera un poco temerario.

Hace dos días, en el tanatorio supimos que iban a incinerar su cuerpo, y que su familia arrojaría las cenizas mar adentro en una ceremonia privada. En este Mar Mediterráneo, hoy un poco gris. Si yo los viera, desde lejos, en un barco vecino, ni siquiera sabría a quién están despidiendo con ese gesto. No conozco a su familia. Apenas he podido darle el pésame a un par de amigos comunes.
Son las diez de la mañana. Nos han dicho en el muelle que el barco encargado del responso saldrá por la bocana hacia las once. No veo a David en la cubierta, así que bajo a la cabina a buscarle. A Gonzalo lo conocí por él. Me asomo y está sentado en la mesa de cartas. Tiene el sombrero en las manos, apoyadas encima de un mapa de derroteros. Con el dedo índice acaricia las letras cosidas como queriéndolas redibujar. Nein. Fue la primera travesía, todos juntos.
—David—parece que le saco de su ensimismamiento y le acaricio con suavidad en brazo.
Me siento enfrente, al otro lado de la mesa. Me mira, y casi no me atrevo a preguntar. Sé que sus ojos están perdidos en algún recuerdo de Gonzalo.
—¿Te contó alguien lo que pasó?
—Sí—Vacía los pulmones de golpe y guarda un largo silencio que no soy capaz de interrumpir. Después continúa—El chico que iba con él. Sólo subieron dos, pero estaba solo cuando se cayó. Habían hecho vivac la noche anterior y por la mañana se separaron. El otro dice que Gonzalo no quería bajar por el mismo sitio. Que quería probar otro camino. Después en el pueblo pasaron muchas horas, y bueno, Gonzalo no llegaba. Lo encontraron en una olla. Tardaron mucho en llegar hasta él porque había mucha altura desde donde cayó. Estaba deshecho.
David ha vuelto a poner los ojos en el sombrero.
—Quién sabe. Quizás le desequilibró la mochila. Ya sabes cómo era—añade con una sonrisa.
Nos llaman de arriba. La familia de Gonzalo ha aparecido por popa. Cuando salimos, los demás están agrupados en la bañera, al lado del timonel, que ahora es Carlos. Están serios. Parece que es la hora. Hace un día claro—casi caluroso— y el viento ha rolado poniéndose ahora de través, como queriéndonos invitar a cambiar el rumbo y seguir a la comitiva.
“¿Vamos con él?” dice Carlos pidiendo confirmación. Algunos asienten, otros susurran lo que debe de ser un “sí”. Y nos preparamos para la maniobra.

Pienso en lo otro, en la vida. En sus alumnos de la universidad, y su “vela ligera”—que compró a pachas con los amigos— acostado solitario a orillas del embalse de El Atazar; pienso en la licencia federativa que me pidió que le renovara hace menos de un mes; en una chica con la que dicen que salía, y que no ha aparecido por ningún sitio; pienso en la “G” de mi móvil, en los dados rodando por la mesa, en las risas, en el sofá pequeño y vacío, en la costa del Mediterráneo, en las Montañas que se levantan a lo largo de la Península Ibérica. Demasiada vida para un epitafio. Y me viene a la memoria un cuento de Maupassant, que hablaba de una mujer que sale de su tumba para corregir su epitafio. Y todos los demás muertos hacen lo mismo, porque no eran “tan” buenos como rezaban las lápidas. Y me alegra que Gonzalo no tenga epitafio, ni sitio donde llevarle flores. El mar está en todas partes.

Miro a lo lejos el otro barco que avanza a motor. Poco a poco lo alcanzamos por la banda derecha. El trasiego de gente vestida de negro. Se aproa, se frena voluntariamente, quedando a merced de las olas que le topan por el costado. Un hombre alto que se va a la banda de sotavento. Una mujer que sujeta un objeto entre las manos. Lo abre. El viento refresca, y silba, se enzarza con el mar, y de mi mano se lleva las fotos que he sacado del sobre. Flotan en el aire, vuelan hacia atrás, suben y se enredan con la estela que deja el barco, y se pierden por la popa en la superficie del agua.
Y en el horizonte más cercano veo a Gonzalo volar desde un barco sin velas. Hace piruetas en el aire como un acróbata, baila como las gaviotas cuando se dejan caer en picado. Y del mar, de pronto arranca una tremenda ola, encrespada, como salida del fondo de la misma vida. Como un tsumani. Y se lo traga.