miércoles, 10 de noviembre de 2010

Se busca

No sé por qué se lo permití, si nunca lo había dejado ir solo a un baño público. Ese día mi mujer estaba harta de todo: el calor, los mosquitos, las hormigas que se subían por las paredes de la casa de mis amigos donde nos hospedamos. Luego sentada en el parque en una banca de losa, con ese calor insoportable de Pasorrial, sintió cómo se le subían pierna arriba las hormigas (menos mal que no picaban) y esa fue la gota que rebosó el vaso. Ni siquiera se inmutó porque dejé ir a mi hijo Santi solo a ese maldito baño. De todos modos yo caminé unos pasos y me paré, desde donde controlaba con la mirada, la salida del baño. Mi mujer en cambio, siguió su camino sin esperarnos, acompañada de nuestra hija Andrea. Estuve mucho tiempo parado, con los ojos puestos en el lugar por donde esperaba ver salir a Santiago. A veces, pero por un espacio corto, desviaba la mirada al lugar donde estaba mi mujer mirando vitrinas y se iba alejando cada vez más. Eso era lo que más la entretenía, mirar las vitrinas y las revistas de moda repletas de modelos flacuchentas que siempre me dejaban la impresión de que se iban a desbaratar en cualquier momento. Ya había empezado a preocuparme por la tardanza de Santi, pero pensaba que le debía dar tiempo; primero porque quizás había cola y segundo porque después de hacer pipi, cumpliría con ese ritual, tan escaso en la gente, de lavarse las manos con agua y jabón como las leyes del aseo personal mandan. Santiago vivía lavándose las manos todo el día; creo que exageré con esa costumbre de limpieza. En el parque, cada vez que tocaba la arena y se le pegaba a sus manitas, corría a lavarse las manos. Recuerdo mucho lo que nos decía la abuela Deyanira « ¡Ay mijito! Pobres, pero limpios».
No he podido entender qué fuerza me tuvo amarrado al suelo sin reaccionar, qué me llevó a permanecer tan tranquilo durante tanto tiempo al ver que Santi no salía de ese jodido baño. Mi mujer desde lejos me hacía señas con la mano para que apurara. La calle ardía de gente que me estrujaba al pasar. De repente me vi contra la corriente y empecé a caminar en dirección de los baños a donde había entrado mi hijo.
Había mucho movimiento de gente que entraba y salía, pero Santi no salía. Yo le había dicho que lo esperaría afuera. Empecé a caminar a zancadas para alcanzar la salida de los baños; salida para los que salían y la entrada para los que entraban, pero el ímpetu de la muchedumbre me dificultaba llegar. Era como un río de aguas turbulentas. Parecía como si la calle se hubiese enloquecido, como las hormigas alborotadas que van y vienen a gran velocidad, con la única diferencia de que las hormigas no se estrellan entre sí y a mí la gente parecía no verme. Los hombres no saben caminar en tumulto, o se tropiezan a cada rato o te empujan. Cuando por fin logré llegar a la entrada, me metí al baño y busqué entre la gente a Santiago. No estaba en los orinales, ni sentado en los inodoros, porque tocaba en cada puerta y lo llamaba por su nombre «¡Santi, Santi, Santi», lo repetía en voz alta. Las personas que estaban allí en el mismo recinto me miraban como miran a un loco que grita.
De eso hace quince años cuando Santi se esfumó en un baño público de la calle Pedro de Heredia. Era jueves, recuerdo. Lo buscamos por todas partes, ofrecimos recompensas y pusimos avisos en los periódicos y en la radio y pegamos fotografías, con el maldito se busca, por todas las calles sin ningún resultado. No obstante cada cierto tiempo voy por allí con la esperanza de encontrarlo. Si alguien sabe del paradero de un hombre que cuando niño se perdió en Pasorrial, pido que me lo informen de inmediato.