lunes 17 de mayo de 2010

Lluvia de infancia

De niño me agradaba escuchar la lluvia golpeando como granos de maíz sobre el techo de zinc. Desde la cama seguía los golpes: tra-tra, tra-tra, tra-tra. Todo tenía el color maduro de la noche a punto de acabar. La lluvia me arrullaba como alegres golpes del corazón, sencillos, firmes y constantes. Me di media vuelta en la cama y en posición fetal seguía aquel concierto de acordes fuertes sobre el zinc. Me llegaban de lo alto ruidos sonoros, lluvia fuerte y el techo exageraba más de lo debido y perdía la cuenta de cuántas gotas, casi como granizo, caían, gruesas, muy gruesas y de nuevo delgadas, y el viento arreciaba y eran golpes oblicuos, y de nuevo fuertes y más fuertes y se iba la lluvia fuerte. Y volvía a ser lenta. Y regresaba con más fuerza.
Y al fondo, muy al fondo se escuchaba el tictac de un reloj ametrallando el tiempo. Un radio viejo y destartalado dejaba llegar apaciblemente la Pequeña Serenata Nocturna de Mozart que se confundía con el graznar de las gotas de lluvia sobre el techo de zinc: pam pam, pam pam pam pam, pam pam, pam pam pam pam…
Me sentía dichoso de poder vivir ese momento, como si fuera el último y sí fuera el último, valía la pena vivirlo. Sentirlo. Gozarlo. Me sacaba de mi letargo una nueva ráfaga de gotas gruesas sobre el techo de lata, quizás granizo, o no era granizo sino gotas gruesas que con fuerza volvían a golpear.
Me imaginaba lo agradable que sería caminar bajo esa lluvia tibia, tan tibia como la lluvia del trópico, agua fresca, agua lluvia mojando los cabellos y rodando por la cara, y yo sacando la lengua para recoger los ríos que iban bajando por mis pómulos; la camisa empapada adhiriéndose poco a poco al cuerpo. Imaginaba los azotes de la lluvia ardiendo en mi cuerpo, quemándome y yo huyendo despavorido como si hubiese visto un espanto.
Sentía que el tiempo pasaba cariñosamente al compás de la lluvia, al calor de mi cobija. Dejaba pasar el tiempo como agua entre los dedos. Sentía la tranquilidad de no tener que hacer nada a la fuerza. Disfrutaba ese momento como si fuera el hallazgo de algo que siempre se quiso tener. Aspiraba profundo para que el corazón se inflara de alegría. Y tenía la mente en blanco por unos segundos y no me preocupaba de lo que podría pasar en los próximos minutos ni en las próximas horas ni en los próximos días ni en los próximos… Y me daba media vuelta y quedaba boca arriba y así podía estirar las piernas para que el cuerpo descansara y los músculos volvieran a ser como antes. Acariciaba melosamente la cobija y sentía el olor de ropa limpia recién aplanchada.
El corazón se me encogía de sólo pensar que terminaba si la lluvia, mamá me llamaría enseguida para que me levantara y fuera a ayudarla en los trabajos del huerto. Era regio estar aquí en la cama, calientito, encorvado donde a duras penas se podía escuchar detrás de la lluvia la propia respiración. Sentía en los dedos los latidos del corazón y no pensaba en otra cosa que quedarme allí acostado.
Todo allá afuera era un vendaval, mientras que aquí adentro seguía la calma, una calma pegajosa, constante, asimétrica.
Y de nuevo me entregaba a la ilusión de poder dormir y me daba media vuelta contra la pared. Dormía plácidamente al compás de la lluvia cayendo fuera de mi alcance.
Y lo inevitable tenía que pasar, se acercaba la hora de levantarse, de enderezar el cuerpo y ponerlo en movimiento vertical rumbo a otros menesteres y empezaría por dejar el nido caliente con sus cuatro patas y vaya uno a saber que hace la cama cuando se queda sola.