Me gusta pensar en la magia de los números, en su fuerza, en sus formas, en sus diferentes significados. Atrapo el quinientos doce, lo acomodo en mi cabeza, lo miro, lo saboreo, lo palpo y lo desmenuzo: el cinco; cinco son los dedos de mi mano; uno, yo soy uno y por último el dos, ella y yo somos dos, dos que nos encontramos después de que la tierra sólo se detuviera para nosotros, para luego seguir con su movimiento de rotación. Yo venía del sur con mi mochila arahuaca y ella estaba en mi norte. Ella es mi norte.
Mi mano con mis cinco dedos siguen la línea de su piel de manzana sobre su cuerpo extendido en el catre y recorro con mi mano, con mis dedos cada recodo de su cuerpo. Cierro los ojos para seguir el movimiento de mi mano que sube y baja por su geografía y cruza dos hermosas montañas de oriente a occidente y de norte a sur y mis dedos se entretienen en sus picos. Atraviesa los puertos, mares. Despacio. Sin prisa. Es un recorrido lento porque quiero memorizar cada rincón, cada lugar y quiero trazar a la vez el camino de regreso.
El quinientos doce hace parte de mi vida y me gusta tenerlo cerca para recordar aquellos días cuando los dos nos dedicamos a cultivar la felicidad que puede tener el color de los claveles y del mar; la luna y los ríos; las montañas y las estrellas; la poesía y la música. Porque a veces me quedo solo como el uno. Y sólo la certeza de que pronto seremos dos me devuelve la ilusión de que el cinco estará otra vez de paseo por su cuerpo.
Mi mano con mis cinco dedos siguen la línea de su piel de manzana sobre su cuerpo extendido en el catre y recorro con mi mano, con mis dedos cada recodo de su cuerpo. Cierro los ojos para seguir el movimiento de mi mano que sube y baja por su geografía y cruza dos hermosas montañas de oriente a occidente y de norte a sur y mis dedos se entretienen en sus picos. Atraviesa los puertos, mares. Despacio. Sin prisa. Es un recorrido lento porque quiero memorizar cada rincón, cada lugar y quiero trazar a la vez el camino de regreso.
El quinientos doce hace parte de mi vida y me gusta tenerlo cerca para recordar aquellos días cuando los dos nos dedicamos a cultivar la felicidad que puede tener el color de los claveles y del mar; la luna y los ríos; las montañas y las estrellas; la poesía y la música. Porque a veces me quedo solo como el uno. Y sólo la certeza de que pronto seremos dos me devuelve la ilusión de que el cinco estará otra vez de paseo por su cuerpo.

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