sábado, 16 de enero de 2010

Quién las entiende

La mujer abrió la ventana por donde entró sin pedir permiso un viento álgido: era el invierno más raro desde hacía mucho años con un sol de primavera. Las velas estaban encendidas sobre la mesa del comedor al frente de la ventana. El hombre se encontraba recostado leyendo los periódicos acumulados de toda la semana, incluidos los del fin de semana con los suplementos dominicales. En algún momento puso los ojos sobre la mesa que sacó por encima del periódico abierto de par en par. Miró sin prestar atención como la ráfaga de viento volcaba el candelabro de madera y la vela encendida derramaba ese líquido caliente sobre el mantel y prendía fuego a una servilleta usada que se quedó olvidada sobre la mesa.
La mujer caminaba en otro lugar de la casa, pero el hombre seguía allí, tirado en un sofá barato, azul oscuro, devorando los periódicos que tenía arrumados en una mesita junto al sofá. El hombre había programado una tarde de lectura y no deseaba que nadie lo importunara. Un destello de la servilleta a punto de consumirse le robó una mirada fugaz. Y siguió tan ensimismado que eso que sucedía a escaso cinco metros, le pareció como si lo viera a través de la pantalla del televisor. Creyó que la mujer había dejado quizás el aparato encendido, pero mudo, para no molestarlo en su apacible relax de lectura.
Al hombre le pareció extraño que la mujer no hubiese vuelto para cerrar la ventana, pero no se inmutó por el frío que le estaba entrando. La mujer, cuando él estaba en la sala-comedor, había parado en la cocina y allí abrió un armario repleto con revistas de cocina y allí podía permanecer horas y horas leyendo las recetas que ya había visto más de mil veces.
Cada uno en su espacio abstraído por la dulzura de lo que hacían, se olvidaba el uno del otro y el mundo a su alrededor se limitaba al único quehacer del momento: lectura de periódicos, él y lectura de recetas de cocina, ella.
Las llamas tomaban fuerza y la servilleta había quedado reducida a una laminilla gris oscura y deleble, y le había cedido el fuego al mantel. El candelabro de madera alcanzaba un alto grado de facilidad para las llamas. Estaba bañado en parte por la parafina de la vela recalentada. El otro candelabro seguía en pie y recordaba a uno de esos soldados estáticos al frente de la tumba del soldado desconocido.
El lugar donde se había derretido la vela caída, era un remolino de fuego y la lámina de madera de la mesa del comedor, iba cediendo ante el embate de las llamas. Allí se iba formando un círculo oscuro desde donde se elevaba una llama entre azulosa y amarilla.
El hombre no se enteraba de nada, seguía con las narices metidas en el periódico. La ventana dejaba pasar frío sin inmutarse en detenerlo. El único que sintió que se le iba bajando la temperatura del cuerpo fue el hombre, quien al sentir que las manos y los pies se le helaban, pegó un grito que retumbó en toda la casa. La mujer vociferó algunas palabras inentendibles, que traían en el aire el sabor de la ira.
El hombre sintió un olor a quemado, pero tampoco se inmutó, se dijo para sí, que quizás la mujer, como a veces le ocurría, dejó quemar algo en la cocina.
El hombre volvió a gritar que tenía frió, si retirar la atención del periódico, Esta vez se oyó clarito que la mujer decía que moviera el grasoso culo y que cerrara el mismo la ventana, si era que tenía tanto frío: estaba iracunda.
La mujer salió corriendo desde la cocina y traía una sarta de palabras dispuesta a ponérselas en la cara al hombre quien ya la tenía harta con su endemoniada quietud cuando llegaba a la casa y se sentaba en su trono.
Toda la munición que había recogido para la guerra que tenía prevista, fue incautada por la sorpresa que tuvo. Al salir de la cocina y entrar en el corredor que lleva al salón, donde estaba la poltrona del hombre, alcanzó a divisar una bola candente que se precipitaba al piso dejando un agujero en la mesa y que seguía con unas llamas pequeñas a su alrededor. El soldado estatua caía derribado por las llamas.
La mujer lanzó un grito de impotencia y desesperación y se acercó a la mesa humeante del comedor. Cayó arrodillada y se tapó la cara con las manos. Irrumpió en gritos de llanto y desgracia.
El hombre sin sacar los ojos del periódico, pensó que la mujer berreaba porque se le habían quemado las galletas en el horno y lanzó un resoplido detrás del periódico y sólo atinó a decir:
— ¡Quién las entiende!