domingo, 13 de septiembre de 2009

El abecedario incompleto

Albeiro era un amigo del colegio. Luego durante mucho tiempo nos contactábamos e intercambiábamos información –chismes suelen llamar algunos- acerca de todo y de nuestras actividades. Él se casó con una mujer que fuese compañera en el colegio, Isabel se llama. Ahora tiene dos hijos y es el gerente del banco de Pasorrial. Fue concejal del pueblo y cuando estuvo a punto de ser elegido alcalde, la política, como a veces suele suceder, le jugó una mala pasada. Entonces optó por otro camino y se hizo nombrar la máxima autoridad del único banco local.
Braulio era amigo de Albeiro. Lo conocí una noche de cervezas en su casa. Creo que nos caímos bien. Él iba al mismo colegio, pero estaba uno o dos grados por debajo de nosotros, no recuerdo muy bien, pero era unos años mayor que nosotros. Recuerdo que aquella vez, lo miraba fijamente. Me parecía curioso la forma cómo bebía; mientras yo me bebía una, el se tomaba casi tres cervezas. Era como un tanque sin fondo. Pero nunca lo vi borracho. Albeiro me contó que Braulio no había terminado el colegio (siempre lo acompañaba el complejo de tener más edad que nosotros y estar en grados inferiores). Me contó que le perdió el rastro, porque parece que se fue a vivir al campo.
Carlos sabía muy bien lo que quería. Eso lo demostró desde los tiempos del colegio. Quería ser médico, terminó medicina y tuvo suerte de trabajar en su oficio; muchos terminan de taxistas, fontaneros o albañiles. Lo mató una cirrosis.
Dorian llegó al colegio una mañana gris. Lo recuerdo muy bien porque llovía a cántaros y venía envuelto en un impermeable azul oscuro. Traía unas botas de caucho que le llegaban casi hasta la rodilla. Al principio era tímido, pero luego soltó la lengua y no había quien lo parara. Era el más lerdo del grupo. Aunque no fue de los mejores alumnos, se ganó una beca para estudiar en el exterior y ahí le perdimos la huella.
Eusebio era mujeriego y nos espantaba a todas las chicas. Al final casi nadie lo quería invitar a las fiestas caseras, porque no respetaba la novia de nadie. Se había ganado algunas golpizas de chicos más fuertes que él. No terminó el colegio y se fue a trabajar a los cañaduzales. Estuvo a punto de perecer bajo los filos de un machete de cortar caña por un problema de faldas. Le tocó huir y estuvo escondido mucho tiempo porque desvirgó a la hermana menor de Los Montoya, una familia temida de Pasorrial, y eso no se lo iban a perdonar por ningún motivo del mundo. Todo un lépero, qué vaina.
Fabiola se lo daba a todos, bueno casi a todos, porque a mí nunca me lo quiso dar. En unas de las tantas fiestas (casi siempre estaba sola) me le acerqué y la invité a bailar. Primero bailamos separados pero cuando la fiesta se empezó a calentar, yo también. Se dejó besar y tocar por todas partes y no decía nada. La fui llevando a un rincón al compás de la música. Nos seguíamos besando. Cuando ya no podía aguantar más, se dejó llevar al baño. No había nadie allí, le fui bajando los calzones y cuando estaba a punto de coronarla, me dijo que no podía, porque era virgen. Y me dejó ahí con mi animal erguido y sin probar bocado. Después de aquel incidente me huía o agachaba la mirada cuando estaba con otras chicas.
Gustavo era el novio de mi prima Ángela. Lo conocí por ella. Me pareció un buen tipo. Hablábamos de todo, pero más de mujeres. Con él fui al primer burdel y salí asustado de allí cuando dos mujeres me querían llevar a su recámara. Era un hombre bien parecido y las mujeres lo buscaban, pero no podía hacer nada o casi nada, porque mi prima vivía pegado a él como un chicle.
Horacio vivía con un libro en la mano (yo creo que ni lo dejaba para bañarse). Él fue quien me inyectó el amor por los libros. Escribía poesía y participaba en el grupo de teatro del colegio, creo que incluso llegó a escribir una obra que representaron en un teatro del pueblo. Tenía cara de intelectual y le gustaba estudiar. Era el más pilo de la clase. Era una pepa en todo. Fácilmente se pudo haber ganado una beca para estudiar en el exterior, pero dijo que quería estudiar Letras y literatura aquí en el país. Después supe que lo había logrado y ahora trabajaba de profesor en el colegio Bernardo Arias Trujillo, en La Virginia, un pueblo a orillas del río Cauca junto a la desembocadura del río Risaralda. También me entere que publicó un libro de poesía junto a otro poeta del pueblo, de nombre Leonardo.
Isabel siempre fue estudiosa. Tenía unas trenzas largas y era más bien callada. Le gustaba sentarse en la primera fila. Nunca participó en los desórdenes de la clase cuando todos hacían aviones de papel y convertía el salón de clases en un aeropuerto y lo combinaban con tiro al blanco utilizando las tizas olvidadas por los profesores. Lanzábamos contra las paredes los cuadernos de química para que estallaran. Todos la respetaban porque cuando a los necios les daba por tirar los cuadernos contra las paredes, los únicos que se salvaban, eran los de ella. Muchas veces la vi embelesada mirando a Albeiro. Yo pienso que desde entonces andaban juntos, pero ella no quería hacer mucho aspaviento en el colegio para que nadie fuera con el chisme a su casa. Decían que su padre le prohibía tener novio, porque uno va a la escuela a estudiar, no a buscar novio. Al final se casó con Albeiro.
Julián era tímido, apenas le salía un hilito de voz. Creo que siempre fue tímido y lo sigue siendo. Lo llamábamos “Látigo blanco” por el nombre de un héroe de radionovela que así se llamaba. Y le decíamos así porque así se llamaba el hombre que encarnaba a este justiciero que defendía a los más débiles. No faltaba quien se burlara de él, porque todavía tenía que pedir permiso en la casa para salir a cualquier parte cuando ya todos estábamos en edad de salir sin decir nada. Casi nunca asistía a las fiestas o a las excursiones que hacíamos el viernes en la tarde después de clases. A pesar de que estudiaba mucho, su esfuerzo no se reflejaba en las notas.
Kadhir lo conocí en Polonia en un curso de idioma. El decía que era kurdo y decía con orgullo que Kurdistán era un pueblo elegido. Nunca hablamos en serio de su pueblo, aunque siempre preguntaba cómo era mi país.
Lucía murió atropellada por un vehículo pequeño, casi de juguete. Esto le truncó sus planes. Fuimos buenos amigos. En un paseo que tuvimos del colegio a Bello Horizonte, un balneario cerca de Cartago, jugábamos a sumergirnos dentro de la piscina y estando en el fondo, nos dábamos besos, pues ella pensaba que nadie nos veía. Después fuera del agua, incluso solos, no volvimos a repetir la hazaña. Era bajita y llevaba el pelo corto. Tenía la piel pálida, casi blanca, como un muerto. No la volví a ver más.
Mauricio era un zángano. Le echaba los perros a las maestras. A quien más molestaba era a doña Blanca, Blanquita como él decía (la verdad estaba muy buena). No sé si en serio o en broma, le decía que mandara al carajo al pendejo de Carranza, su esposo. Le gustaba la vida de negociante y hacía apuestas y rifas para ganar plata. Con Ulises hacían negocios y llegaron a administrar la tienda escolar que abrían en las horas del recreo. Tuve con él mis encontrones porque a veces le impedía que estafara a mis amigos y a otros alumnos que no eran mis amigos. Años después me lo recordaba, pero me lo decía sin rencor. Era más una reminiscencia que un reproche, y nos reíamos de esas cosas. Pero siempre seguimos caminado por orillas opuestas. Mientras él me hablaba de riqueza como el más alto logro de un hombre, yo defendía la utopía de una equidad posible como solución a muchos males de nuestro país y del mundo entero.
Nacianceno quiso ser poeta, escritor y dramaturgo. Fue todo y nada. Sus poesías eran más bien una mezcla de sentimientos mal concebidos. Creía que podía imitar a poetas de la talla de Neruda, Darío Jaramillo, Barbajacob, Machado, Benedetti y otros. Sus versos eran un intento de poesía. Algunos de sus amigos decían que con un poco de esfuerzo y de mucha lectura de buena poesía, podría llegar a escribir algún verso bueno. Su prosa era más bien mala, pobre de vocabulario. Cuando se lo dijimos, empezó a utilizar palabras que parecían rebuscadas y escribía entonces poco claro. Lo último que supimos de él, fue que viajó al exterior. Nunca se le volvió a ver.
Omaira era hija de papi y mami y estaba muy buena. Era demasiado presumida. Pero sólo se lo daba a Octavio, el profesor de cálculo. Era mala para las matemáticas, pero pasó cálculo sin problemas. En realidad era mala para todo o no estudiaba. No logró pasar la mayoría de las materias y se quedó repitiendo año, con profesor de cálculo incluido, hasta que se aburrió y no volvió más al colegio.
Patricia perseguía a mi hermano, pero él no le hacía caso. Yo le daba señales de que me gustaba, pero ella no me hacía caso, hasta que una vez, cansada de que mi hermano le diera la espalda, me dijo que sí. Estuvimos saliendo juntos y una vez me la llevé a un hotel de mala muerte. Esa noche no dormimos, estuvimos tirando como dos recién casados. Así estuvimos durante medio año. Nos encontrábamos un día a la semana y descargábamos todas las ganas acumuladas. Luego vino el distanciamiento hasta que un día se escapó con Enrique, un hombre bien parecido que trabaja de guardaespaldas de un mafioso. Fue la primera mujer que me dejó tirado.
Ramiro. Tengo un recuerdo muy borroso de él. Cuando me encontraba con Albeiro y nos poníamos a recordar viejos tiempos, él me decía que Ramiro era marica. Me dijo que lo había descubierto en el baño del colegio cuando le agarraba el animal a Chamorro. No lo podía creer. A mí Chamorro me pareció un hombre al que le gustaban las chicas. Me pareció que tuvo un romance fallido con Azucena. Albeiro dedujo que como ella se la jugó, Chamorro decidió cambiar de equipo, aunque no me creo que fuera por eso. A mí me pareció una historia muy forzada como para cambiar de gustos de forma tan simple… Yo pienso que Albeiro no me dice toda la verdad porque no quiere o porque no la conoce del todo.
Saúl era el peor de la clase. No estudiaba y sin la menor vergüenza copiaba en los exámenes. Molestaba en clase. Indisponía a los maestros, tiraba tizas, hablaba en clase, hacía bolas de papel y las tiraba a los de la primera fila (durante algún tiempo se desparecía los cuadernos y sus hojas fueron usadas para los proyectiles) y a los que estábamos delante de él, que éramos todos porque Saúl se sentaba en la última fila. Lo echaron en el último grado. Ahora tiene sus negocios y nadie entiende cómo puede contar la plata que se gana y cómo la multiplica si era un bruto en matemáticas. Siempre ha tenido los mejores vehículos y cuando viajaba en moto, siempre se llevaba a las más bonitas del pueblo. Mujer que se subiera en su moto, era su víctima. Fue por aquel entonces cuando empezamos a dividir a las mujeres del pueblo en grupos: estaban las que les gustaba la gasolina y las que les gustaba el color verde de los tombos; y si era tombo con moto, las tenía a diestra y siniestra. Estaban también las que preferían a los subnormales como Diomedes o Ruperto o a los negros como Aristides. Algunas cuantas nos preferían a nosotros que éramos la minoría.
Teresa fue mi novia. Y ese no era su verdadero nombre. Su nombre de pila era María del Socorro Trinidad Encarnación. No le gustaba, se sentía asediada por un conglomerado de divinidades y no sé qué otras vainas. Teresa era el nombre que quería su padre, así solito, pero su madre insistía que debía ser el otro, uno que le diera un carisma de santa, además ella, su madre, había decidido encomendarle su hija a las vírgenes. El caso es que así la bautizaron. Luego su padre seguía llamándola Teresa y así la conocen todos quienes la conocemos. La quise mucho. Me aprendí de memoria Teresa, en cuya frente el cielo empieza, como el
aroma en la sien de la flor. Fue con ella quien tuve mis primeras experiencias sexuales. Fui muy feliz con Teresa. Cuando se los recitaba, me acariciaba la cabeza y cuando terminaba, me daba un beso en la boca. Hacíamos el amor muy seguido y cuando íbamos a su casa, después del colegio, nos encerrábamos en su cuarto y allí dábamos rienda suelta nuestros cuerpos.
Cuando ella me contó que se iban a vivir a La Dorada (a más de doce horas en autobús), intensificamos nuestros encuentros y hacíamos el amor a diario. No queríamos creer que lo nuestro se acabara, pero se acabó. Yo no tenía plata para viajar; estudiaba y cuando ganaba algo era muy poco.
Úrsula y yo fuimos buenos amigos. Quizás demasiado buenos amigos. No sé qué pasó, pero nunca me enteré de que sintiera algo por mí. La verdad nunca me lo demostró, o quizás fui demasiado cegatón. Me hice mi propia teoría después de que me enterara. Ella, la muy amable de Úrsula, se enamoró de mí, mientras yo la hice mi confidente. A ella le contaba mis amoríos y luego las dificultades finales que tuve con Teresa. Le contaba lo que sufría cuando ella se fue y luego cuando el distanciamiento se hizo latente. Siempre le hablaba de Teresa y de lo que sentía por ella. Así eran nuestros encuentros, más monólogos que otra cosa porque yo no paraba de hablarle a ella de Teresa. Úrsula me escuchaba atenta, me ayudaba a veces a escoger los regalos (pequeños porque no tenía mucha plata) para sus cumpleaños o para cualquier ocasión cuando yo quería hacerle algún regalo a la Teresa de mis amores, (nunca tuve cabeza para escoger regalos). En agradecimientos le regalaba a Úrsula un ramo de flores. Y para esto tenía mis dudas sobre el color que le debía regalar, por aquello que la gente pregona que si amarillas significan no sé qué y que si rojas qué sé yo. La verdad que ella se emocionaba con las flores (se le veía en los ojos). Dicen que a toda mujer le gusta que le regalen flores. En mi caso se ha confirmado, no ha habido mujer que no hubiese puesto una sonrisa cuando me ha visto llegar con un ramo de las flores que sean.
Fue Albeiro quien me lo dijo, mucho tiempo después, de lo que había sentido Úrsula por mí. Úrsula me gustaba, era una mujer alta y delgada con unos ojos grandes y cabello negó y largo. Tenía unos labios bonitos que me hubiese gustado saborear. Pero yo estaba muy enamorado de mi Teresa. Úrsula sabía ocultar muy bien sus sentimientos. Y parece que no fue del único que estuvo enamorada. Se lo dijo Isabel a Albeiro y Albeiro me lo dijo a mí.
Después de que Teresa se fuera, ella era mi paño de lágrimas, era a ella a quien le contaba cómo me hacía falta Teresa, era ella quien me veía llorar y maldecir la vida de sufrimiento que estaba viviendo. A ella le contaba todo. Era ella quien primero se enteraba cuando llamaba a Teresa a La Dorada y la pobre se quedaba llorando del otro lado de la línea. Una vez le mojé la blusa con mis lágrimas, cuando me abracé a su cuerpo. Y ella guardaba silencio. Sólo me miraba o se dejaba abrazar con mis abrazos sin compromiso.
De repente y no sé por qué dejé de visitarla, creo que fue cuando ella empezó en la universidad y la empecé a ver menos, ella ya no tenía casi tiempo. Se casó con el primer hombre que se lo propuso y no sabemos nada de su paradero.
X no conocía a nadie que se llamara xilófono, pero vaya uno a saber. Hoy en día se ponen nombres tipo Usnavy (de U.S.Navy).
Yamilé fue amiga de todos y de nadie. Uno nunca podía adivinar su estado de ánimo. Había días que nos saludaba con una piedra en la mano y era mejor no dirigirle la palabra. Otros días permanecía callada y aunque parecía de buen genio, no contestaba a nuestros buenos días y otros días, que se podían contar en los dedos de una mano, hablaba más que una cotorra y se sentaba en la palabra. En las fiestas bailaba con uno o dos chicos escogidos al azar y era capaz de decir que estaba cansada y detrás de uno llegaba otro que la invitaba también a bailar y aceptaba. Yo nunca me atreví a invitarla a bailar, tenía temor de que me dijera que estaba cansada. Y la otra verdad, es que bailo poco.
Yamilé tenía su gracia. No es que fuera fea, pues a algunos de nuestros compañeros les gustaba. Era buena amiga de Zulma, quien era quien mejor la entendía y a veces era Zulma quien servía de puente para que nadie la repudiara por su carácter voluble.
Zulma me gustaba, pero no se quitaba del lado de Yamilé. No es que hubiera algo entre ellas, no lo creo. Aunque la verdad, nunca la vi con un chico. Era bonita y tenía cuerpo de reina de belleza. Todos le cargábamos ganas. Se ganó el remoquete de puntillita, porque todos la queríamos clavar. Diciéndolo en plata blanca, se nos chorreaban las babas cuando la veíamos. Pero siempre la veíamos en compañía de Yamilé Ni Saúl con sus motos ni Alcides cuando se metió a la policía logró nada. Lo último que supimos de ella fue que se metió de modelo (Se los dije que tenía cuerpo de modelo) y se fue para el extranjero. Unos dicen que para Europa y otros que para los Estados Unidos. Nadie se pone de acuerdo. Ojalá y no la hayan engañado y no esté trabajando en algún burdel en cualquier parte del mundo.