De niño, mi padre me compraba pistolas y con ellas todos los niños del barrio jugábamos a los pistoleros. Nos dividíamos en grupos de chicos buenos y chicos malos. Nos matábamos durante horas, pero al final de la juego nos levantábamos, nos sacudíamos el polvo y regresábamos a casa.
Crecimos y ahora ellos son del otro bando, como antes. Ahora nosotros somos el terror del barrio. Nuestras pistolas vomitan balas deliciosas. El juego continúa. Estamos divididos en grupos, pero los que caen ya no pueden sacudirse el polvo.
Crecimos y ahora ellos son del otro bando, como antes. Ahora nosotros somos el terror del barrio. Nuestras pistolas vomitan balas deliciosas. El juego continúa. Estamos divididos en grupos, pero los que caen ya no pueden sacudirse el polvo.

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