sábado, 6 de junio de 2009

El castigo

De niño me gustaba jugar dentro de la casa, aunque podíamos sin problemas jugar fuera de ella porque vivíamos en el campo. Junto a la casa pasaba una carretera poco frecuentada. En uno de esos juegos, con una pelota de caucho, le quebré a mi madre un florero que venía de mano en mano desde los tiempos de la bisabuela. Estaba seguro que mi madre no me perdonaría el daño y me castigaría con un zurriago de espantar ganado. Todos le temíamos a su cólera cuando nos castigaba. Huí de la casa y estuve todo el día por fuera en compañía del perro del vecino que me conocía y me seguía a todas partes.
Cuando se iba acercando la noche me aproximé a casa, pero no me atrevía a entrar en ella. A lo lejos escuché una moto. Me escondí entre los arbustos más próximos a mi casa. El perro del vecino parecía un guardián y se paró en medio de la calle a mirarme.
En casa nadie preguntaba por mí y yo le tenía miedo al castigo y también a la oscuridad. El ruido de la moto era cada vez más intenso.
Al final, la noche me obligó a entrar, en ese momento sentí una ráfaga de luz en mis ojos y alcancé a escuchar el alarido del perro y un batacazo de algo pesado que caía al suelo. Mientras mi madre y mis hermanos salían, curiosos por saber qué pasó, yo entraba a mi casa.
Pude escuchar con claridad el grito de mi madre:
—Está muerto —dijo.
—Y el perro también –gritó uno de mis hermanos.
Ya dentro de la casa, miré hacia el lugar donde había estado el florero hecho añicos, alguien lo había recogido.